Podríamos quedarnos en el barro del debate de Chile Vamos, pero no. Lo primero es destacar que fue un debate y eso que parece obvio, no lo es.
El formato resultó un gran avance. Desde el retorno a la democracia estábamos habituados a rígidas entrevistas en paralelo con escasa contra pregunta y ni un cara a cara.
Así lo exigían la mayoría de los políticos y los medios aceptamos un formato que no merecía el nombre de debate. Lo de ayer sí. Y es el resultado de un avance paulatino que costó pero dio sus frutos.
Hubo pregunta y contra preguntas, réplicas, interacción directa entre los candidatos. Pero la forma es sólo una parte.
Son quienes participan quienes deben dotarla de un fondo que quedó al debe tanto cuando respondieron preguntas como cuando interactuaron solos.
Populista fue lo más suave que escuchamos. Tu señora no te trató bien, mentiroso profesional, no te declararon reo por lindo. Muchos más insultos que propuestas.
Tal vez sea la falta de estos ejercicios básicos en cualquier democracia lo que llevó a una ansiedad extrema a los candidatos. A sentir que en el único debate televisivo en que hubo consenso de realizar se jugaban demasiado.
Lo complicado es el día después… y el siguiente. Porque se supone que deberían apoyarse e incluso gobernar juntos y eso entre candidatos que se descalifican al nivel que vimos es, por lo bajo, bien difícil.
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