En un tono sobrio, sereno y directo, James Hamilton, Juan Carlos Cruz y José Andrés Murillo sellaron su viaje a Roma, como invitados del Papa Francisco, confirmando que finalmente la Iglesia para la que habían sido enemigos, en labios del propio Pontífice, les pidió perdón. Un perdón tardío, pero necesario.
Se mostraron agradecidos, pero cansados. Cansados de llevar el peso de ser víctimas, reconocidos, sindicados y tratados como víctimas. Hoy se declaran sobrevivientes, y con ello, portadores de una responsabilidad que no termina en ello. Por eso en el mismo tono franco no hablaron con el Papa de pecados, sino de delitos, de una epidemia de delitos dentro de la Iglesia. Valoran el perdón, pero son claros en puntualizar que los delitos requieren sanciones y es por eso que esperan acciones ejemplares y ejemplificadoras… ¿Cuáles? Las decidirá el Papa, porque ahora se viene el segundo capítulo de esta amarga historia: escuchar lo que tengan que decir los obispos chilenos en pocos días más, también en el Vaticano y tomar decisiones.
Como víctimas están cansadas, y si se lo dijeron al Papa, también se lo dijeron desde Roma al Presidente Sebastián Piñera: piden que los delitos de abuso de los que fueron víctimas no prescriban jamás. Ni en la justicia canónica ni en la justicia civil. El mensaje es el mismo: obras son amores y no buenas razones… las palabras sin acciones son vacías. La pelota ya no está en sus manos, sino en las de los que detentan la autoridad y pueden tomar decisiones para impartir justicia.
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