“Cumbres Borrascosas”: La herejía romántica que toma partido y gana

Por Camila Morandé

14.02.2026 / 00:00

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Lejos del tratado filosófico sobre trauma generacional que escribió Emily Brontë, la recreación de Emerald Fennell no dialoga con la academia ni con la fidelidad literaria. Con Margot Robbie y Jacob Elordi en pleno auge y Charli XCX a cargo del soundtrack, "Cumbres Borrascosas" no pide disculpas por existir y se convierte en uno de los “qué pasaría si” más ambiciosos que el cine reciente se ha atrevido a hacer con un clásico.


*Esta reseña incluye spoilers.

“Abandonen toda esperanza los que entran aquí”, escribe Dante a las puertas del infierno en La Divina Comedia. Una advertencia similar podría instalarse antes de esta reversión del clásico de Emily Brontë, que llega a los cines este 14 de febrero. Abandonen la literalidad y suelten el libro. En esta película no se encontrará intacta la arquitectura social de la trama ni su engranaje de resentimientos heredados. Se hallará una creación aparte, un universo alternativo a la historia original, entregado por completo a las emociones. Y hay que saber disfrutarlo como tal.

En “Cumbres Borrascosas” (con énfasis en las comillas, que no están ahí por mera cosa estética), los puristas tendrán que reajustar el lente. También aquellos que han entregado décadas a desentrañar la obra de Brontë y examinar las fisuras mentales de sus personajes secundarios. La premisa de la reversión de Emerald Fennell no dialoga con la crítica académica ni con las adaptaciones previas, sino con la adolescente que fue cuando leyó la novela por primera vez. Ella misma ha dicho que, en este proyecto, buscó evocar la sensación “primitiva” que obtuvo  al leer la novela cuando tenía 14 años. Esa decisión, tan profundamente personal, instala de inmediato una distancia incómoda con el espectador adulto y serio.

No se trata de negar que la psicología de Heathcliff (esa que durante décadas ha sido analizada casi como caso clínico de trastorno antisocial) ocupa un lugar tan simbólico en la literatura anglosajona como el propio Mr. Hyde. Ese peso está ahí y ese linaje oscuro también. El punto es otro. Si esta versión no se asume como una suerte de spin off emocional y un fan service hacia quienes, con todos los peros de por medio, optaron por interpretar la relación entre Heathcliff y Cathy como amor, el riesgo es verla solo como una aberración. Un reduccionismo de las capas filosóficas que hacen de Cumbres Borrascosas algo más que un romance tormentoso.

Porque, sí, es una versión reduccionista. Pero es ahí, precisamente, donde está el encanto de la recreación de Fennell; en quitarle la ambigüedad a la trama e intervenir lo que en la novela permanece irresuelto, apenas sugerido, casi reprimido. Y cuando a ese planteamiento se le da derecho a existir y se respeta el hecho de que se trata de un mundo aparte, es posible encontrar algo tan hermoso como visceral y  devastador.

Los paralelismos “herejes” con el libro (Spoilers)

En el libro de Emily Brontë, el vínculo entre Catherine y Heathcliff es ferozmente emocional, pero físicamente contenido. Hay intensidad, posesión espiritual y declaraciones absolutas (como la tantas veces replicada cita de las almas, también presente en el filme). Se abrazan, se aferran, comparten arrebatos e incluso llegan a besarse, pero el texto nunca convierte esa unión en sexualidad manifiesta. En la adaptación de Fennell no hay nudismo, pero sí se cruzan los límites físicos. Hay adulterio y el vínculo deja de ser solo espiritual para volverse explícito. Eso, para muchos lectores devotos del texto original, puede sentirse como una herejía, porque parte del magnetismo de Cumbres Borrascosas (sin las comillas) reside, precisamente, en esa tensión. En que el deseo nunca se consuma del todo, en que la intensidad se sostiene en lo imposible.

También se prescinde de nombres que en la novela son piezas fundamentales a la hora de volver a Heathcliff más villano que héroe a los ojos del lector. Sin la existencia de personajes como Hareton ni Hindley, no hay generaciones enteras atrapadas en la cadena de rencor. En ese gesto está la gran diferencia, porque mucho del impacto y la incomodidad que la novela genera radica en que no ordena moralmente el caos. ¿Cuánto es recelo? ¿Cuándo es crueldad gratuita? ¿Cuánto es puramente maldad? La película, en cambio, lo convierte en una tragedia romántica donde el sentimiento, aunque tóxico y destructivo, nunca se pone en duda. Y aunque aquí los más perjudicados acaban siendo Isabella y Edgar (cónyuges que no son amados ni respetados), vuelve a alzarse la conexión entre los protagonistas como el fin que justifica cualquier medio.

En la novela, la violencia avanza al ritmo del endurecimiento de Heathcliff. Se va cerrando, se va volviendo otro. Emily Brontë no lo protege ni lo explica demasiado. No lo traduce en trauma digerible. Lo deja ser brutal. La película toma otro camino. Jacob Elordi lo encuadra desde la herida. Este Heathcliff no se define por la crueldad, sino por la cicatriz. Y como el guion de Emerald Fennell lo absuelve de varios de los pecados más imperdonables de su versión literaria, termina siendo comprensible incluso cuando roza lo moralmente incómodo. Porque todo, en esta lectura, está atravesado por el amor.

Es un Heathcliff que antes de arrasar deja ver sus grietas y verbaliza lo que siente, casi legitimando sus impulsos en nombre de una pasión total. Por momentos, se acerca más a una versión gótica y atormentada de Fitzwilliam Darcy que al espectro vengativo que habita las páginas de Brontë. Y allí, la elección de Elordi, con sus casi dos metros de altura, es estratégica: Fennell no quiere un tratado sobre violencia estructural ni sobre resentimiento de clase. Quiere un romance épico, intenso, visualmente arrebatado.

Los guiños a la grandilocuencia de Lo que el viento se llevó (1939) están ahí, también la fusión que mezcla lo histórico y lo pop como en María Antonieta (2006) la fotografía que dramatiza el paisaje y convierte cada encuentro en evento. Es una estética sombría, sí, pero estilizada, consciente de su belleza. También hay algo muy claro en cómo la película marca el contraste cuando Catherine entra al mundo de los Linton. Todo cambia. La ropa, el maquillaje e incluso la postura. De pronto aparecen los tules amplios, los vestidos grandes y lujosos, las joyas delicadas. Hay una intención evidente de mostrar cómo ese entorno la transforma en figura casi perfecta, aunque sin dejar a un lado, jamás, la tormenta emocional propia de Cathy. Pero es una Catherine convertida en fantasía visual. Y eso, otra vez, es coherente con la versión que la película decide contar.

En términos de guion, a la película no parece sobrarle una escena ni faltarle una transición. Hay una conciencia estructural clara y da la sensación que cada diálogo empuja el vínculo central hacia su clímax emocional sin dispersarse en subtramas innecesarias. Sin embargo, es difícil no percibir, por momentos, cierta rigidez en la inclusión literal de fragmentos del texto de Emily Brontë. Algunas líneas, trasladadas casi intactas, suenan menos orgánicas en boca de los personajes y más conscientes de su origen canónico. Pero, al mismo tiempo, dicha fidelidad parece responder al intento de guardar palabras que, muchos años antes, hicieron vibrar a una lectora adolescente. Y aunque esa decisión pueda tensar la fluidez, también revela el impulso emocional que dio origen a esta versión. Recordar el sentimiento.

Un casting pensado con precisión

En la novela, Catherine y Heathcliff no son adultos sofisticados ni criaturas talladas por años de experiencia. Ella muere con apenas 18 años y el vínculo se forja cuando ambos rondan los 15 o 16. Son casi niños jugando a ser eternos, criaturas salvajes en formación y desde ahí parte el mito.

Por eso, aunque el casting de Margot Robbie (35) y Jacob Elordi (28) fue juzgado desde el primer anuncio por la evidente diferencia de edades, la elección tiene una lógica que va más allá de la cronología. Si esta versión decide ser una tragedia romántica de principio a fin, necesita cuerpos que sostengan ese imaginario. Necesita presencia como lenguaje cinematográfico heredado de los años dorados de Hollywood, ese en el que el mito se construía, también, desde el rostro y nombre.

Es difícil imaginar una Catherine que funcione en esta clave sin un magnetismo absoluto. Una cuya presencia no ancle la historia en la crudeza, sino en la fantasía romántica que la película decide abrazar. Y Margot Robbie tiene aquello. Desde The Wolf of Wall Street (2013), su presencia en pantalla fue leída como la irrupción de una belleza clásica, de esas que remiten a Grace Kelly o Katharine Hepburn. Elegante, luminosa, con una cualidad atemporal que parece sobrevivir a la moda. Con Barbie (2023), no solo protagonizó uno de los fenómenos culturales más grandes de la década, sino que quedó inscrita en algo más grande que una película. Robbie hoy no es solo actriz, es icono. Y esta Catherine necesita eso, ser mito antes de siquiera abrir la boca.

Jacob Elordi y Margot Robbie como Heathcliff y Catherine en “Cumbres Borrascosas” | Warner Bros. Pictures

Jacob Elordi, por su parte, tampoco llega desde el ocaso. Viene de protagonizar Frankenstein bajo la dirección de Guillermo del Toro, un proyecto que lo posicionó como actor de peso en el circuito de premios y lo llevó a ser nominado como Mejor Actor de Reparto en los Óscar. Además, su asociación con fenómenos contemporáneos como Euphoria (que, muy estratégicamente, estrena su tercera temporada este año) ya lo había convertido en símbolo generacional. Evoca el magnetismo de galanes clásicos como Clark Gable o el animalismo joven de Marlon Brando, pero reconfigurado para una audiencia que consume deseo a través de pantallas y algoritmos.

Ahora bien, no se puede desconocer que la polémica no fue solo por la edad.

En la novela de Emily Brontë, Heathcliff es descrito como un “dark-skinned gipsy” (moreno de aspecto gitano). Es un niño encontrado en Liverpool, de origen incierto, racializado, señalado constantemente como “otro”. No es simplemente un inglés pálido atormentado. Es un cuerpo extraño en la Inglaterra rural del siglo XIX. Por eso, cuando se anunció que Elordi, blanco, australiano, de rasgos europeos clásicos, interpretaría al personaje, hubo críticas que apuntaban a una suerte de blanqueamiento. A la pérdida de esa dimensión racial que en la novela funciona como motor de exclusión y resentimiento.

Y aquí es donde la lectura de esta producción exige el mismo ajuste de lente del que ya hablábamos en un comienzo. Esta no es una adaptación interesada en desplegar la dimensión colonial ni la tensión racial como eje político. No pretende subrayar la extranjería de Heathcliff como crítica social. Lo que hace es reimaginarlo desde la subjetividad de una directora blanca, criada en una tradición cultural específica, que leyó la novela a los 14 años y la absorbió desde su propio imaginario. Eso no elimina el debate, pero lo recontextualiza.

Y es que, si esta reversión se asume como obra autónoma, como interpretación emocional más que como explicación histórica, el Heathcliff de Elordi deja de ser intento de reemplazo literal y pasa a ser proyección. Es el Heathcliff que habitó la imaginación de Fennell adolescente, la fantasía romántica trasladada al cine, no la reconstrucción sociológica del siglo XIX. ¿Se pierde algo en ese desplazamiento? Sí y se diluye una capa importante del texto original. Pero también se gana claridad en el código que está película decide usar.

Si Fennell estaba construyendo un romance épico, necesitaba dos figuras que el imaginario colectivo ya asociara con deseo, belleza y espectáculo. Dos estrellas en el timing exacto de sus carreras. Robbie recién salida del fenómeno que redefinió la conversación cultural sobre el cine comercial. Elordi consolidado como galán de una nueva generación. Y como si fuera poco, la inclusión del joven actor Owen Cooper, de la aclamada serie Adolescence, multi premiada y celebrada por la crítica, suma una capa extra de legitimidad contemporánea.

La entrada de Charli XCX como creadora de la banda sonora, en tanto, es la guinda calculada de una torta que Emerald Fennell diseñó sabiendo exactamente el fenómeno cultural que quería hornear. La británica de 33 años viene de convertirse en la mujer símbolo del brat summer,  un periodo en el que su álbum Brat (2024) no solo dominó las listas mundiales, sino que generó estética, lenguaje, identidad digital. Ella misma ha hablado sobre cómo tardó años en sentirse una “estrella pop”, pese a tener hits desde principios de la década de 2010.

Con Brat, sin embargo, consolido ese estados. Y que una artista en ese momento de consagración firme la música de “Cumbres Borrascosas” reconfigura, también, la propuesta. Durante la película, el soundtrack es utilizado con respeto, sin convertir el drama en sátira. Uno no sale del cine sintiendo que fue sobreestimulado por la música, tampoco hay sensación de videoclip incrustado. No hay escenas que parezcan diseñadas para vender un single. El soundtrack está medido y dosificado, aparece cuando tiene que aparecer y desaparece cuando la imagen necesita respirar sola.

El sueño adolescente convertido en fenómeno pop

En el fondo, “Cumbres Borrascosas” es exactamente lo que parece: la fantasía llevada a su máxima escala. Es como si alguien hubiera tomado una novela de Wattpad construida a partir de todos los “qué hubiese pasado si” que lectoras de distintas generaciones imaginaron al terminar el libro (¿Y si Catherine no dudara? ¿Y si el amor se consumara? ¿Y si Heathcliff solo estuviese herido y no fuese un monstruo? ¿Y si la tensión no se reprimiera?) y la hubiera producido con presupuesto de estudio, una directora premiada, dos estrellas en su punto más alto y una popstar en plena consagración cultural.

Emerald Fennell no es una novata improvisando. Tras ganar el Óscar a Mejor Guion Original por Promising Young Woman en 2021 y desde entonces ha consolidado una marca autoral que incomoda, divide y domina conversación. Saltburn (2023), también coprotagonizada por Elordi, fue un fenómeno. Desde la polémica tras la escena del agua de tina hasta el baile final, convertido en un trend viral que logró hacer resurgir en las listas el éxito Murder on the Dance Floor.

Aquí, si uno lo mira con distancia, esta película es todo menos un accidente creativo. El póster promocional se volvió viral antes incluso de que muchos supieran de qué trataba la película. La imagen de mujeres de distintas edades inclinándose para besar de perfil el rostro de Elordi se hizo regla para quienes veían la gigantografía en el cine. Videos en redes replicando la pose, amigas imitando la escena sin necesariamente haber leído a Emily Brontë. Ahí está la clave, porque Fennell entiende bien la cultura pop como terreno de batalla.

Póster promocional de “Cumbres Borrascosas” | Warner Bros. Pictures

“Cumbres Borrascosas” es el sueño adolescente hecho industria, pero ejecutado con inteligencia. Tomas una historia que siempre te incomodó por cómo terminó, eliges a dos actores cuya sola presencia ya construye mito, les das un guion hecho a tu medida, interviniendo lo justo del texto original para que siga reconociéndose. Para coronar, sumas a una de las artistas más influyentes del momento para que lo envuelva todo en ritmo contemporáneo.

A fin de cuentas, Dante no empieza en el Infierno. Empieza perdido en una selva oscura, fuera del camino recto. Esa imagen le calza mejor a esta “Cumbres Borrascosas”, que tiene mucho más de universo alternativo (AU) que adaptación propiamente tal. No es la versión académica ni la más fiel a Emily Brontë, es un desvío. Habrá quienes prefieran volver al camino conocido. Y otros que acepten perderse un poco. Fennell eligió perderse, y filmó ese extravío con estrellas, con pop y con total convicción.

No es la Cumbres Borrascosas de los manuales. Es la de quien, utilizando su propio lugar en Hollywood como espada y armadura, se atrevió a salirse del camino.