Fareed Zakaria alerta por propuesta de excepción constitucional del sector de Kast y advierte: “De pronto, has creado a un presidente autoritario”

Por Carlos Reyes Piérola

Un severo llamado de alerta sobre los riesgos del auge autoritario y el impacto global de las decisiones unilaterales de Washington formuló el analista internacional y conductor de CNN, Fareed Zakaria. En conversación con Paula Escobar para el programa Influyentes de CNN Chile a propósito de su libro The Era of Revolutions (La era de las revoluciones), el politólogo advirtió que la tentación de eludir los frenos institucionales amenaza incluso a democracias consolidadas: “El peligro radica en que toleres una primera medida (…). De pronto, has creado a un presidente autoritario. Habrá sido electo, pero es un autócrata elegido en las urnas”.

En esa línea, el experto profundizó en los dos frentes que hoy tensionan el escenario geopolítico: la degradación del Estado de derecho y la escalada bélica en Medio Oriente. Al abordar la propuesta del sector de José Antonio Kast sobre otorgar facultades extraordinarias al Ejecutivo por 240 días sin aval del Congreso, Zakaria subrayó que debilitar los contrapesos conduce indefectiblemente a la dictadura, al tiempo que responsabilizó a la Casa Blanca por la crisis energética que golpea a países emergentes como Chile: “La razón por la que estamos empantanados con Irán y el petróleo está a 100 dólares el barril es muy simple: a un solo hombre, Donald Trump, le da demasiada vergüenza admitir que cometió un error”.

Paula Escobar [PE]: Tu último libro se llama The Era of Revolutions (La era de las revoluciones), ya está en las librerías en español, y defines la época en la que vivimos como una de tipo revolucionario. ¿Qué define a estas épocas revolucionarias en general, pero en especial a esta, Fareed? ¿Por qué crees que la era en la que estamos viviendo es revolucionaria?

Fareed Zakaria [FZ] Bueno, si lo piensas, casi todos los grandes motores de cambio de la historia humana —la tecnología, la economía, la globalización— se están moviendo a máxima velocidad, a un ritmo de cambio acelerado. Piensa en la expansión de la economía global: en los últimos 30 años China, India, toda América Latina y toda Europa del Este se han convertido, básicamente, en alguna versión de países comerciales de libre mercado, ¿cierto? Piensa en la tecnología: hemos creado toda esta economía de internet, la economía digital, los teléfonos celulares, internet… nada de esto existía hace 30 o 40 años.

Así que tenemos una economía completamente nueva, una economía global completamente nueva y un conjunto totalmente nuevo de tecnologías que están conectando a todo el planeta, a miles de millones de personas a la vez. Miremos algo como Facebook: 3.000 millones de personas usan a diario los productos de Facebook —Facebook, Instagram, WhatsApp—. Y a eso súmale los cambios culturales que se están viviendo: el rol de la mujer, el rol de las minorías. Si juntas todo y ves que está ocurriendo al mismo tiempo, esta es una de las revoluciones más grandes que hayamos presenciado en la historia humana. Y como digo en el libro, cada período revolucionario como este trae una reacción adversa (backlash), genera un grupo de personas diciendo: «Esto es demasiado cambio, vamos a hacer algo al respecto; vamos a llevarlos de regreso a cuando todo era simple; vamos a llevarlos de vuelta para hacer a EE. UU. grande otra vez, o a Gran Bretaña grande otra vez, o a Brasil grande otra vez», sea lo que sea. Siempre surge esa sensación de: «paren el tren, va demasiado rápido».

PE: Sí, y Fareed, claro, como dices, todo esto genera mucha disrupción, confusión, rabia. ¿Cuál de estas disrupciones es la que más te preocupa? ¿La tecnológica, la geopolítica, los cambios en la sociedad, el ámbito de la identidad? ¿Qué es lo que más te inquieta?

FZEs una muy buena pregunta. Es difícil decir cuál me preocupa más, pero permíteme explicarte cómo lo veo. Desde el punto de vista político, la mayor reacción se da hacia los inmigrantes. Dondequiera que veas este populismo de derecha, lo que encuentras son inmigrantes, ¿verdad? Ese es el combustible que alimenta el fuego del populismo de derecha. Esa es una preocupación.

La otra, sin lugar a dudas y como otra pieza central de esta reacción adversa, es el ascenso de las mujeres. Porque esta reacción tiene una orientación marcadamente masculina. Si miras a personajes como Andrew Tate, en Inglaterra a Tommy Robinson, o a Bolsonaro en Brasil, en el fondo de esto hay un elemento de machismo a la antigua que dice: «las mujeres se están volviendo demasiado…». Porque, como sabes, la realidad es que a las mujeres les está yendo mejor en la escuela, mejor en el lugar de trabajo, ganan más; en todos los espacios donde ahora tienen la oportunidad, están ascendiendo muy rápido. Y eso provoca una reacción. Pero diría que lo que más me preocupa es lo tecnológico, porque realmente estamos entrando a un mundo nuevo con la inteligencia artificial.

Nunca antes habíamos estado en una situación donde las cosas que creamos tengan mente propia. Hasta ahora, toda la tecnología consistía en seres humanos creando herramientas y usándolas, ya fuera un cuchillo o una bomba. Ahora estamos creando herramientas que pueden pensar por sí mismas. Crear una bomba que pueda pensar por sí sola… ahí ya estamos entrando en un mundo completamente distinto.

PE: Incluso pueden coordinarse entre sí, ¿no? Eso sucedería con OpenAI. Es decir, pueden actuar sin que los humanos siquiera se enteren. Y otra de las consecuencias de todo esto es el auge de la democracia iliberal. Es un concepto, un término que tú acuñaste hace muchos años en un ensayo en Foreign Policy, ¿verdad? Cuando desarrollaste o acuñaste el concepto de democracia iliberal, no estaba tan extendido como ahora, cuando vemos líderes iliberales ganando elecciones en todas partes. ¿Cómo ves el panorama actual, tantos años después de haber acuñado el término?

FZ: Tienes razón. Vi los inicios de este fenómeno: países donde se celebraban elecciones, pero quienes resultaban electos eran profundamente iliberales. No creían en el Estado de derecho. No creían en la separación de poderes. No creían en la libertad de prensa. Por eso dije: son democráticos, pero no son liberales; son democracias iliberales. Y hoy tenemos una situación en la que Viktor Orbán, quien fue primer ministro de Hungría durante 15 años, dijo con orgullo: «Soy un demócrata iliberal. Creo en la democracia iliberal». Tomó mi frase —que yo planteé como algo negativo— y la describió como algo positivo. Así que hemos llegado muy lejos.

Y lo que más me sorprendió fue cómo países con larga trayectoria democrática también fueron cayendo en la misma enfermedad, en la misma tendencia de la democracia iliberal. Cuando escribí sobre ello en su momento, hablaba de Rusia, Kazajistán, Filipinas, Perú y lugares similares. Lo que ha pasado ahora es que está ocurriendo en Estados Unidos. Es casi seguro que ocurrirá en Europa: Francia va a elegir por primera vez en su historia a un populista de derecha como presidente. Y eso me preocupa enormemente.

Por supuesto, se ve el fenómeno en América Latina. Chile es un caso interesante: es, sin duda, el sistema democrático más sofisticado y desarrollado de América Latina, con la tradición más prolongada de Estado de derecho en particular. Y hasta ahora creo que han podido resistir el tipo de tendencias que se han desatado en todas partes. Pero me preocupa su situación, porque si puede pasar en Estados Unidos y puede pasar en Europa, puede pasar en cualquier parte.

PE: ¿Y cómo crees que es posible detectar leyes de inspiración iliberal, o ideas iliberales que tal vez no se implementen de inmediato, pero que son una señal contundente de cómo esta tendencia se está acercando a nuestro país? Te lo pregunto puntualmente porque en Chile, [el líder republicano José Antonio] Kast forma parte del grupo CPAC con Viktor Orbán, con Milei, con Bolsonaro, con todos estos otros líderes iliberales… con la salvedad de que solo Viktor Orbán se define abiertamente como iliberal. El resto dice ser conservador o líder de derecha. En Chile tenemos un fuerte debate sobre cómo reconocer a tiempo las tendencias hacia el iliberalismo, algo crucial de anticipar.

FZ: Es una pregunta muy importante, porque tienes razón. [Kast] está asociado a ese sector, pero hasta ahora —al menos me corregirás si me equivoco— no ha hecho exactamente las cosas que ha hecho Trump. Si piensas en alguien como Meloni en Italia: es de derecha, es populista, pero tampoco ha hecho nada que la sitúe en la misma categoría de Viktor Orbán o Donald Trump.

Creo que el punto clave es el siguiente: el corazón del proyecto democrático liberal, del proyecto liberal, han sido los límites al poder, los frenos al poder del Estado. Es decir: mantener el Estado de derecho, la libertad de prensa, la separación de poderes y el respeto a las demás instituciones gubernamentales. Preservar la libertad de asociación y permitir que, ya sea una ONG o un actor privado, tengan el mismo margen de acción sin utilizar al Estado para perseguirlos. Para mí, esas son las señales más preocupantes en una democracia iliberal, porque ahí es donde la parte democrática y la parte liberal empiezan a fracturarse, a separarse. No veo eso todavía en Chile.

Ocurrió ciertamente en Brasil con Bolsonaro. Y francamente, ocurrió desde el otro espectro político en México bajo AMLO y, hasta cierto punto, bajo Sheinbaum. Si piensas en cómo los tribunales en México ya no son realmente independientes: se han transformado esencialmente en parte del aparato del partido de gobierno. Esas son las señales reveladoras: instrumentalizar los tribunales, usar el sistema judicial y a los fiscales, arremeter contra la prensa o contra las ONG. Vale la pena notar que hay casos de líderes populistas de derecha que no hacen eso. Meloni es un ejemplo. O en Gran Bretaña, concretamente con figuras como Nigel Farage: discrepo de sus políticas sobre el Brexit, pero no he visto hasta ahora un asalto al Estado de derecho.

PE: Sí. Y respecto a ese punto, el sector de Kast propuso una reforma constitucional que permitiría al presidente, sin consultar ni requerir la aprobación del Congreso, decretar una excepción severa a los derechos fundamentales durante 240 días. Ese tipo de medidas —sin entrar en detalles técnicos que quizás no conozcas al dedillo—, otorgarle semejante poder al mandatario sin el aval del Congreso, ¿crees que tienen una inspiración iliberal?

FZ: Me preocupan exactamente ese tipo de políticas. Y hay que ser cuidadosos, porque en algunos casos resulta comprensible. En muchos países lo que sucede es una profunda frustración ciudadana al ver que las democracias no dan resultados, no le entregan a la gente lo que necesita. Entonces surgen estas figuras populistas diciendo: «Tenemos demasiadas normas, demasiadas leyes, demasiadas trabas. Denme el poder, romperé algunas de estas reglas, límites éticos y procesos, y les daré soluciones directas». Suena tentador; es, francamente, lo que se prometía en los años 20 y 30.

Pero el peligro radica en que toleres una primera medida como la que describes, un caso donde digas: «Bueno, tal vez esté bien darle al presidente un poco de poder extra». Luego eso deriva en una segunda concesión, luego en una tercera y en una cuarta. De pronto, has creado a un presidente autoritario. Habrá sido electo, pero es un autócrata elegido en las urnas. Y ese es exactamente el problema. Las sociedades occidentales trabajaron durante cientos de años para construir una autoridad de gobierno que tuviera que rendir cuentas y estuviera limitada por normas, leyes, instituciones y principios éticos.

Me preocupa mucho esa tentación de romper con todo y decir: «Yo sé lo que es mejor, lo voy a hacer y no necesito acatar ninguna de estas reglas, normas o procedimientos». Lo hemos escuchado muchas veces en la historia. Y el único resultado es la dictadura.

PE: Entonces, ese tipo de políticas o propuestas son para ti una señal de alerta.

FZ: Totalmente, sí.

PE: Volvamos a EE. UU., Fareed, porque como señalas, Donald Trump ha hecho cosas verdaderamente increíbles, incluso para quienes han estudiado su primer mandato como tú lo has hecho. ¿Cuáles son tus proyecciones? ¿Qué crees que pasará en las elecciones intermedias de noviembre, que son tan determinantes no solo para Estados Unidos sino para el mundo entero?

FZ: Creo que mucho dependerá de la economía de aquí a las elecciones de medio término. Si la economía va mal, los resultados podrían ser sumamente negativos para él, y Trump podría enfrentarse a frenos muy severos a su poder. Pero si la tendencia sigue como parece hoy, creo que la Cámara de Representantes pasará a manos demócratas, mientras que el Senado probablemente seguirá republicano.

Si eso ocurre, Trump es un maestro exprimiendo cada gramo de poder del que dispone: torciendo las normas, forzando la ley. Ya hemos visto casos donde los tribunales fallan en su contra y aun así desacata la orden: dilatan el proceso, apelan de nuevo, buscan otro mecanismo. Miremos los aranceles: el tribunal dictaminó que lo que hacía era inconstitucional, buscaron otro resquicio y ahora los llevarán a juicio otra vez por eso. La estrategia siempre es dilatar y doblar la regla.

Me preocupa profundamente que esta sea una administración que, en el fondo, no cree en la separación de poderes ni en el Estado de derecho. Buscará siempre trampas, interpretaciones forzadas y retrasos en la aplicación de la ley. Y lo seguirán haciendo una y otra vez. Se puede constatar con lo que está haciendo al remodelar Washington, ¿no? Al margen de su gusto estético —que es una discusión aparte—, la cuestión de fondo es: ¿tiene la potestad legal para hacerlo? Después de todo, el Congreso es el órgano facultado para asignar los fondos, crear impuestos y financiar obras públicas. El Congreso no ha autorizado ninguna de esas construcciones. ¿Lo detiene eso a Trump? No. Demuele el Ala Este, proyecta este nuevo arco monumental en Washington… y para cuando la ley lo alcanza, la obra ya está construida. Es una metáfora perfecta de su accionar: actúa aunque viole la ley, y cuando la justicia interviene, ya es demasiado tarde.

PE: Y también está causando una enorme disrupción geopolítica en todas partes, en cada país. Incluso en Chile estamos viendo el impacto de la guerra con Irán, por ejemplo. ¿Cómo vislumbras una salida a esta guerra?

FZ: Hay una salida muy sencilla: básicamente regresar al punto de partida. Esta fue una guerra completamente innecesaria. El programa nuclear iraní ya había sido desmantelado. No lo digo yo, lo dijeron el propio Donald Trump y Benjamin Netanyahu el año pasado tras la campaña de bombardeos, cuando ambos afirmaron: «Hemos destruido totalmente el programa nuclear de Irán». ¿Por qué ir a la guerra contra ellos otra vez?

Fuimos a la guerra sin un plan claro, sin un objetivo claro y sin una estrategia clara. Mi postura siempre ha sido —sea en Vietnam, en Irak o ahora con Irán— que cuando emprendes el camino bélico sin rumbo ni objetivos definidos, lo más sensato es parar. Pierdes algo de prestigio y de credibilidad, sí, pero es mil veces preferible detenerse que perseverar en una política insensata solo por la vergüenza de admitir una equivocación. La razón por la que estamos empantanados con Irán y el petróleo está a 100 dólares el barril es muy simple: a un solo hombre, Donald Trump, le da demasiada vergüenza admitir que cometió un error.

PE: ¿Y cómo ves una salida a esto? Porque su personalidad no va a cambiar.

FZ: Será un proceso lento; no habrá soluciones rápidas. Las Fuerzas Armadas de EE. UU. son muy poderosas, mantenemos un bloqueo al crudo iraní y permitimos que algo de petróleo fluya por otras vías, pero tomará tiempo. No hay fórmulas mágicas. Porque la verdad es que uno de los mayores errores que solemos cometer en Estados Unidos —y tú lo sabes bien porque los extranjeros lo tienen muy claro— es creer que puedes bombardear un país como Irán sin provocar una ola de nacionalismo interno.

Los iraníes no van a decir simplemente: «Los estadounidenses nos bombardearon, nos rendimos». Rara vez ocurre eso en la historia. Pasó en la Segunda Guerra Mundial, sí, pero tomó cuatro años y requirió usar armas nucleares para forzar la rendición japonesa. Casi siempre el país atacado se vuelve más nacionalista y desafiante, y se resiste a transigir para no dar la imagen de que capituló ante el abusador.

PE: Eso es exactamente lo que está sucediendo en Irán, ¿cierto?

FZ: Exacto. Los iraníes sostienen que no se van a doblegar ante el abusador. Por lo tanto, tenemos que encontrar una vía de diálogo y negociación. Y existe un camino posible porque la población iraní también está sufriendo el impacto económico con dureza.

La gran incógnita es si Trump estará dispuesto a negociar en serio. Cuando negocias con seriedad, también tienes que ceder; no puedes limitarte a imponer condiciones unilaterales. Eso no es negociar, es exigir la rendición. Hay una salida, pero será paulatina y no a corto plazo. El resto del planeta, que está pagando los platos rotos, tendrá que convivir con esto durante un buen tiempo.

PA: Y tenemos que lidiar con ello todos los países, incluido Chile. Tenemos que asumir la incertidumbre constante de tratar con Trump, ¿no?

FZ: Uno de los costados más crueles de esta política es que su costo principal —el aumento del precio del crudo— casi no golpea a EE. UU. Hoy Estados Unidos es el mayor productor de petróleo y gas natural del mundo; somos los mayores productores de hidrocarburos líquidos a nivel global.

El golpe lo reciben las economías de India, de África, de América Latina… los países que dependen de la importación masiva de hidrocarburos. Y ellos no tienen voz ni voto en estas decisiones. El mundo entero está pagando el error de Donald Trump.

PE: Sin duda. Fareed Zakaria, muchísimas gracias por esta conversación.

FZ: Ha sido un auténtico placer.

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