Columna de Mario Saavedra | La web de plástico: El fin de la internet humana y la plaga del contenido sintético

Por CNN Chile

16.04.2026 / 16:25

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Pero en vez de liberarnos, los algoritmos lograron algo que parecía imposible: destruyeron la internet y la convirtieron en un mar de plástico.


Llegamos a mediados de abril de 2026. A estas alturas del partido, deberíamos estar disfrutando de esa utopía tecnológica que nos prometió Silicon Valley, donde la Inteligencia Artificial nos resolvería la vida mientras nosotros tomábamos sol. Pero en vez de liberarnos, los algoritmos lograron algo que parecía imposible: destruyeron la internet y la convirtieron en un mar de plástico.

Si has intentado buscar una simple receta de cocina, la reseña de una herramienta o la solución a un problema en tu computador en los últimos meses, ya te habrás dado cuenta. Te encuentras con artículos de dos mil palabras, perfectamente redactados, pero vacíos por dentro. Textos que dan vueltas sobre lo mismo sin decir absolutamente nada, firmados por supuestos expertos que jamás han existido.

La situación es tan grave que el gran buscador de internet tuvo que lanzar este último mes una actualización de urgencia para intentar frenar la avalancha de spam y basura generada de forma masiva. Nos vendieron que la Inteligencia Artificial iba a democratizar la información, pero resulta que solo logró democratizar el plagio a escala industrial.

El modelo de negocio de la red hoy es deprimente. Hay ejércitos de bots escribiendo reseñas falsas sobre productos mediocres, y al mismo tiempo, hay otros ejércitos de bots leyendo y validando esas mismas reseñas para hacer que las marcas suban en los rankings. Las redes sociales están plagadas de perfiles automatizados respondiéndoles a otros perfiles automatizados, discutiendo sobre temas que no le importan a nadie.

En este caos, las corporaciones tecnológicas inventaron el famoso sistema E-E-A-T. Suena a medicamento para la acidez, pero es la sigla para “Experiencia, Conocimiento, Autoridad y Confianza”. Es el filtro desesperado con el que los buscadores intentan separar la basura algorítmica de la información real. Básicamente, la gran máquina ahora necesita “pruebas de vida”. Necesita confirmar que el que escribe respiró el humo de la calle, que probó la hamburguesa del local y que sintió el dolor de endeudarse para comprar un producto.

Es la ironía suprema del desarrollo digital. Gastaron billones de dólares entrenando modelos matemáticos para que imiten la voz humana a la perfección, y ahora el verdadero lujo, la experiencia más premium y exclusiva de toda la red, es encontrar un texto escrito por un ser humano estresado, con faltas de ortografía, pero genuinamente molesto o feliz con lo que compró.

Nos prometieron la inteligencia colectiva, pero hoy el conocimiento humano real está sepultado bajo toneladas de contenido de relleno diseñado exclusivamente para engañar al sistema.

Aunque el panorama parece un episodio malo de ciencia ficción, hay un lado positivo. La falsedad es tan evidente que el valor de la conexión humana genuina está subiendo de precio. Hoy, la única forma de destacar en la red es dejando de intentar sonar como una máquina perfecta.

Al final del día, el mejor algoritmo de búsqueda sigue siendo el sentido común. Quizás es momento de apagar la pantalla un rato, salir a la calle, y en vez de preguntarle a un asistente virtual sin alma qué lugar es bueno para almorzar, preguntarle simplemente al señor que atiende en la esquina.