Premios Óscar 2026: Revisa todas las nominaciones a lo mejor del cine
Conoce todos los nominados a los Oscar 2026, incluidos los candidatos a Mejor Película, Director, Actores y actuaciones destacadas de la temporada cinematográfica.
Hubo un tiempo en que la televisión era solo un mueble con patas de madera y perilla. El “control remoto” éramos nosotros mismos, levantándonos a cambiar el canal. Después vinieron las teles planas, los Smart TV, las apps, las recomendaciones, los streamings. Y ahora, cuando pensábamos que ya lo habíamos visto todo, llega la nueva promesa: televisores que no solo muestran imágenes, sino que te miran a ti.
Sí, leíste bien. Bienvenido al mundo de las pantallas que leen emociones. Cámaras frontales, sensores biométricos y algoritmos que analizan tu cara en tiempo real para decidir qué mostrarte. El zapping del futuro no será con el control, será con tus cejas. Si frunces el ceño, cambia el canal. Si sonríes, te recomienda otra comedia romántica. Y si te ve con cara de vacío existencial a las 3 AM, probablemente te lance un aviso de helados con delivery en 15 minutos.
Imaginemos la escena. Llegas agotado del trabajo, prendes la tele y ella empieza a “adaptarse”. El brillo sube porque detecta que estás medio distraído, el sonido baja porque percibe que estás tenso, y los anuncios se reorganizan en tiempo real según tus micro-expresiones. Ese detergente que no movió un músculo desaparece, pero la promo de vacaciones en el Caribe que te arrancó un parpadeo extra se repite hasta el cansancio.
Lo perturbador no es la tecnología, es lo que se hace con ella. Porque lo mismo que sirve para recomendarte la serie perfecta, sirve para detectar vulnerabilidad emocional y venderte justo lo que no necesitas. ¿Un ejemplo? En Japón ya existen máquinas expendedoras con cámaras que “leen” la edad, el género y el estado de ánimo del cliente para sugerir qué bebida comprar. Si estás cansado: café. Si estás alegre: gaseosa. Ahora imagina eso escalado al televisor, conectado 24/7 en el corazón de tu casa.
El lado luminoso de esta futurología suena tentador: por fin un televisor que entiende tu estado de ánimo, que evita el eterno scroll buscando qué ver, que te acompaña casi como un amigo atento. El problema es que la línea entre “amigo” y “vendedor disfrazado” es muy delgada.
Porque si la tele puede detectar que estás solo, triste o estresado, también puede elegir ese momento para ofrecerte un plan de citas online, un servicio de delivery o un nuevo seguro de vida. Nada como monetizar la melancolía en tiempo real.
Y ojo, no estamos tan lejos. Corea del Sur experimenta con aulas que miden las emociones de los estudiantes para “mejorar el aprendizaje”. En China, hay fábricas donde los cascos de los trabajadores incluyen sensores que monitorean el estado emocional para optimizar la productividad. Ahora dime: ¿qué impide que la tele del living se convierta en el mismo aparato, pero maquillado de “entretenimiento”?
La paradoja es deliciosa (e irónica): mientras más inteligente se vuelve la tele, menos libres somos frente a ella. Antes nos quejábamos de que “nos controlaba el rating”. Hoy estamos a un paso de que nos controle el iris. Orwell pensó en el Gran Hermano como una cámara estatal que vigila desde arriba; nadie le advirtió que el “hermano mayor” iba a ser la tele que compramos en cuotas y colgamos felices en el muro del living.
Y todo bajo el envoltorio de la personalización. Porque claro, ¿quién no quiere contenido hecho a medida? Lo que no se dice es que esa “medida” es, en realidad, la explotación quirúrgica de cada microsegundo de emoción.
¿Pero por qué hablamos de “panóptico sonriente”? Aquí, una explicación del concepto:
En otras palabras: el panóptico sonriente es el futuro en que ya no necesitamos barrotes ni policías, porque los dispositivos que amamos y nos hacen reír son los mismos que nos vigilan y manipulan con suavidad.
Tal vez el verdadero lujo del futuro no sea una tele más delgada, ni un panel transparente que se enrolla como un papel, ni una pantalla que lee tus emociones. Quizás el lujo sea un living sin cámaras, donde puedas ver una película sin que alguien —ni humano ni algoritmo— mida tu sonrisa o tu tristeza.
Al final, el gran dilema de la televisión del futuro no será cuántas pulgadas tiene ni si es 8K o 16K. Será decidir hasta dónde dejamos que la pantalla entre en nuestra cabeza. Y esa decisión, aunque nos vendan lo contrario, no es tecnológica: es profundamente humana.
Porque sí, la tele que siente por ti ya viene en camino. La pregunta es si estaremos dispuestos a apagarla… antes de que sea ella la que decida apagarnos a nosotros.
Mario Saavedra, conocido como @MacGenio, es especialista en temas de tecnología y cultura digital.
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