Nos prometieron la utopía del acceso total, pero terminamos firmando un contrato de inquilinos perpetuos. Bienvenidos a la gran estafa de la propiedad digital, donde tu tarjeta de crédito pasa sin problemas, pero los píxeles tienen fecha de caducidad.
A ver, aterricemos de una buena vez. Nos vendieron la utopía digital con un botón brillante que dice “Comprar”, pero que, en el mundo real, el de los bufetes de abogados corporativos, debería decir “Alquilar hasta que nos aburramos o perdamos los derechos de distribución”. Qué estafa monumental es la propiedad en pleno 2026.
El otro día me senté con la noble intención de ver una película en mi Apple TV. Una cinta por la que pagué religiosamente con mi propio dinero hace un tiempo, creyendo ilusamente que pasaba a ser parte de mi biblioteca personal para la posteridad. Y adivinen qué. Desapareció. Se esfumó en el éter digital sin dejar el más mínimo rastro. Seguramente a los señores de la manzana se les venció el contrato de licencia con el estudio de turno y, con un clic desde California, tuvieron que bajarla de sus servidores. Pero la gran pregunta que me quita el sueño es: ¿Y mi plata? Nadie te manda un correo pidiendo disculpas con un reembolso adjunto. Simplemente entras a tu usuario, el contenido ya no está y te quedas con cara de haber sufrido una alucinación financiera.
Y esto no es un caso aislado, es el modus operandi oficial de Silicon Valley. Hablemos de los videojuegos. Vas y te gastas setenta dólares en un título AAA digital. Lo juegas, lo disfrutas y tres años después, la empresa decide apagar los servidores porque ya no es rentable mantenerlos, o peor, te borran el juego de tu biblioteca porque hubo un problema legal con los derechos de una canción de fondo. Te quedaste con un ícono inservible en el menú, un pisapapeles virtual carísimo.
¿O qué me dicen de los libros digitales? ¿Se acuerdan cuando hace unos años Amazon borró remotamente copias de “1984” de los Kindles de los usuarios por un lío de derechos? La ironía literaria de un Gran Hermano borrando libros a distancia se cuenta sola. Y ni hablar del software. Esa aplicación de edición por la que pagaste una licencia “de por vida” que, de un día para otro, misteriosamente muta a un modelo de suscripción mensual y te secuestra tus propios archivos si no pasas por caja todos los meses.
Es el equivalente en el mundo físico a comprar un sillón carísimo, instalarlo en medio de tu living y que, un martes por la madrugada, unos ninjas de la mueblería entren por la ventana a llevárselo porque se les acabó la licencia de la tela. Y lo peor es que hemos normalizado esta tiranía invisible. Nos acostumbramos a pagar por píxeles prestados en un servidor ajeno firmando términos y condiciones de setenta páginas que nadie lee, donde básicamente aceptas que no eres dueño de absolutamente nada.
Y aquí viene la reflexión que le da el título a esta columna y que seguramente pondrá a sudar a más de algún ejecutivo. Si comprar ya no significa ser dueño, si pagar el precio completo no garantiza la propiedad del bien a largo plazo… entonces, ¿piratear sigue siendo robar? Si la transacción legítima es, en la práctica, un arriendo volátil disfrazado de venta, no me extraña para nada que las nuevas generaciones estén volviendo a mirar con cariño los barcos de bandera negra en alta mar.
Cuando el mercado legal te estafa de frente, la clandestinidad empieza a parecer justicia poética.
Por estas cosas es que cada día le encuentro más sentido a la resistencia de lo tangible. Cuando saco un vinilo de mi colección y lo pongo a girar, o cuando busco, restauro y me ajusto un reloj vintage en la muñeca, tengo la absoluta certeza de que esos objetos son míos. Ningún CEO puede meterse a mi casa a borrarme un disco de la repisa con una actualización de software a las tres de la mañana.
Lo físico se ha convertido en el último bastión de la verdadera soberanía. Así que la próxima vez que le des clic a ese engañoso botón de “Comprar” en tu plataforma favorita, hazlo sabiendo la cruda verdad: si no lo puedes tocar, si no lo puedes poner en un estante y si depende de una conexión a internet para existir, nunca fue tuyo. Simplemente te cobraron la entrada VIP a una ilusión óptica.
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