Paren de scrollear por un segundo, si es que su déficit de atención inducido por el scroll infinito de TikTok se los permite. Vamos a darnos un baño de realidad en esta copia feliz del Edén, ese oasis digital donde la tía del furgón escolar te cobra por CuentaRUT y el conserje del edificio mina criptomonedas en su tiempo libre.
Estaba leyendo una columna en Wired que defiende la tesis de que Spider-Man: Brand New Day es la película que esta generación hiperconectada necesita. ¿Por qué? Porque Peter Parker es, en esencia, el héroe definitivo de la gig economy. Es un tipo que salva el mundo, sí, pero vive con la ansiedad crónica de vender fotos para pagar el arriendo a fin de mes. Un prosumer atrapado en la rueda de hámster del algoritmo.
Y aceptémoslo, en el Chile de 2026, esto resuena más fuerte que un grito de gol en el Nacional. Aquí somos campeones mundiales del “pololeo” digital. Peter Parker no le vendería fotos a J. Jonah Jameson hoy en día; tendría un OnlyFans de sus acrobacias, haría repartos en Rappi mientras esquiva al Duende Verde, o intentaría desesperadamente ser influencer de tecnología en Instagram mostrando gadgets robados a Industrias Stark.
Vivimos sumergidos en una religión obligatoria de la cultura digital. Las redes sociales en Chile no son plataformas de comunicación; son el nuevo Coliseo Romano, pero sin la elegancia de los gladiadores. Ya no discutimos de política en la sobremesa; nos agarramos a chuchadas en X o Instagram con desconocidos, mientras esperamos que un chatbot de una multitienda, diseñado con la inteligencia emocional de una piedra, nos diga que “estamos procesando su requerimiento” (spoiler: el pedido se perdió en Quilicura).
El efecto sobre los mal llamados “nativos digitales” es devastadoramente gracioso, si no fuera patético. Tenemos una generación que es experta en editar un Reels con 15 transiciones por segundo y filtros que te cambian hasta la nacionalidad, pero pídeles que redacten un correo formal pidiendo práctica o que lean un manual de convivencia de más de tres páginas, y se les corta el agua. El cerebro se les va a negro.
La Inteligencia Artificial no los está ayudando; les está atrofiando la capacidad cognitiva básica. Ahora la tarea de historia la hace ChatGPT (con alucinaciones incluidas), el ensayo de literatura lo redacta Claude, y la tesis de grado es una ensalada de prompts mal estructurados. Estamos convirtiendo a nuestros futuros líderes en meros orquestadores de la mediocridad automatizada.
Mientras tanto, en Santiago seguimos creyendo que por tener 5G hasta en la punta del San Cristóbal estamos más “conectados”. Lo que tenemos es una sobredosis de dopamina digital. Estamos más solos que nunca, pero con la bandeja de entrada llena de notificaciones vacías. Es la tiranía del like. Y ahí es donde entra el soporte invisible de nuestra fragilidad.
Dejamos que los algoritmos orquesten nuestras vidas: que decidan qué comer (según la promo de Uber Eats), qué música escuchar (gracias, Spotify) y hasta con quién salir (bendito Tinder y sus bots).
Pero cuando el servidor se cae, cuando la pantalla se apaga y el teléfono muere, lo único que queda es un simio asustado frente a un espejo, orquestando su propia soledad.
La verdadera soberanía intelectual no se descarga en una actualización de software. Saber usar la tecnología no es saber encender una tablet o mandar un sticker degradante; es tener el criterio para saber exactamente cuándo usarla, cuándo apagarla, y entender que el verdadero orquestador sigue estando detrás del prompt.
No importa cuántos gigabytes de RAM tengas, cuántos terabytes en la nube o qué tan generativa sea tu IA de turno: la interfaz finalmente sigue siendo humana. Al menos hasta que Nvidia nos reemplace a todos con chips Blackwell, claro está.
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