Es fascinante observar a los padres modernos sufrir un colapso nervioso porque sus hijos no despegan la cara del iPad, justo antes de que ellos mismos bajen la mirada para revisar una notificación de Instagram en plena cena familiar. Hemos convertido pantallas de mil dólares en los chupetes digitales por excelencia. Se las entregamos a los niños en el asiento trasero del auto, en el restaurante y en la sala de estar con el único y desesperado objetivo de comprar diez minutos de silencio. Y luego, en un acto de hipocresía monumental, nos hacemos los sorprendidos cuando el niño intenta hacerle “zoom” con los dedos a un libro de papel.
Le hemos entregado a cerebros en pleno desarrollo un acceso irrestricto a la máquina tragamonedas más adictiva del planeta. No hay límites de tiempo, no hay curación de contenido, no hay supervisión. Los dejamos a la deriva en un océano de algoritmos diseñados por ingenieros en Silicon Valley que cobran bonos millonarios por cada segundo de atención que logran secuestrar. Es el equivalente a dejar a un niño de seis años solo en un casino de Las Vegas con la tarjeta de crédito abierta y luego enojarse porque vuelve convertido en ludópata.
Y aquí es donde chocamos contra la paradoja más grande de nuestra falta de cultura digital. Por un lado, tenemos a la “Generación Silver”, los abuelos a los que tratamos con una condescendencia brutal porque demoran un minuto extra en configurar la privacidad de WhatsApp. Por el otro, tenemos a la “Generación Pantalla”. Niños que pueden saltarse el control parental de una consola en tres minutos, pero que sufren un ataque de ansiedad paralizante si tienen que llamar por teléfono a un humano para pedir una pizza.
Carecemos de la cultura digital básica para entender que saber usar la tecnología no es saber encender la tablet, sino tener el criterio para saber exactamente cuándo apagarla.
Hagamos un poco de futurología macabra. ¿Qué va a pasar en exactamente diez años, en pleno 2036, cuando esta generación pantalla comience a entrar al mundo laboral real?
Tendremos corporaciones llenas de adultos jóvenes brillantes, capaces de orquestar inteligencias artificiales complejas, pero que van a requerir recursos humanos exclusivos para gestionar sus crisis de pánico cada vez que alguien les haga una crítica constructiva sin usar emojis de validación. Serán la primera generación de profesionales que necesitará subtítulos en el mundo real porque, de tanto mirar el cristal, perdieron por completo la capacidad de leer la comunicación no verbal, el sarcasmo o la frustración en la cara del otro. Tendremos una sociedad hiperconectada por fibra óptica, pero con la profundidad emocional de un charco de agua.
Si queremos reestructurar esta catástrofe y coexistir sin matarnos, la solución no pasa por tirar los routers por la ventana y volver a jugar con piedras. Pasa por dejar de culpar a la tecnología por la crianza que nos da pereza ejercer.
Necesitamos forzar la colisión entre los dos extremos de la brecha. Hay que sentar al nieto hiperdigitalizado con el abuelo analógico y forzar un intercambio de supervivencia. Que el niño use su socialización inversa para instalarle la billetera digital al abuelo, y que el abuelo le enseñe al niño que el mundo físico sigue girando, y sigue siendo fascinante, incluso cuando se corta el maldito WiFi.
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