Por Rodrigo Pérez de Arce
KARIN POZO /AGENCIAUNO

“No hay que seguir hablando —como lo he hecho yo— de una sola coalición, porque estoy convencido de que eso terminó de morir ayer”, dijo José Miguel Insulza sobre los conglomerados que hoy coinciden en el gobierno. Pero, ¿existió alguna vez esa coalición? Pareciera que la alianza coyuntural para evitar que José Antonio Kast llegara a La Moneda nunca tuvo más sustento que las circunstancias. Si la distancia entre las dos almas del gobierno pareciera ser insuficiente para los más de tres años y medio que quedan de mandato, el debate sobre la posibilidad de enmendar los graves defectos que tiene el texto constitucional no ha hecho sino profundizar el forado.

La discusión en torno al borrador constitucional cambia levemente los ejes de la ya tradicional trifulca interna. Ya no es Apruebo Dignidad contra el Socialismo Democrático, sino la diferencia entre sensibilidades incluso dentro de los partidos. Podemos expresar la diferencia como sigue: hay un bando que busca dar certezas de las reformas que se harán al proyecto, y otros que, como expresó Guillermo Teillier en entrevista con La Tercera, “no saben” qué se le podría mejorar a la nueva Constitución.

Es difícil retratar de mejor manera las dos almas que conviven en la administración Boric. Más aún cuando se trata de dos tesis excluyentes, por lo que revelan sobre la evaluación del proceso y su resultado, el país que imaginan y el modo de hacer política. De alguna manera, cada grupo piensa en una realidad y un programa distintos: uno, en el cual se debe avanzar con tranco decidido, apretando los dientes, desoyendo las advertencias y críticas que se formulan desde fuera, que no serían más que mera deslealtad, aburguesamiento o una moral insuficiente, producto de 30 años de política acomodaticia. Uno podría ubicar ahí a la ministra Antonia Orellana y su entrevista en El Mercurio del domingo recién pasado, a Marcos Barraza (“No podemos hacer una nueva Constitución cuando recién se está plebiscitando esta”) o la diputada Gael Yeomans (“Si gana el Apruebo no se puede cambiar la Constitución completamente, menos por un acuerdo entre partidos”).

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El otro grupo, en cambio, es aquel que sintetiza la presidenta del PPD Natalia Piergentilli al afirmar que “la Convención dejó mucho que desear”, dicha en plena franja televisiva. Ahí se reconoce la lamentable labor del órgano constituyente, sus incapacidades y ripios para crear un texto que pudiera ser el mejor punto de partida para salir de nuestra crisis. El panorama, entonces, muestra que el primer grupo ha decidido tomar a como dé lugar la oportunidad que apareció con el proceso constituyente, reconociendo en ella un espacio para modificar las condiciones políticas de manera casi irreversible. Un triunfo del Rechazo, la moderación de la propuesta y la vuelta de la política usual cerrarían para siempre esa ventana. En el ámbito del gobierno, el espíritu de somos nosotros o nadie también los llevaría a descartar las posibles aperturas a otros conglomerados, por más que las declaraciones que hagan hablen de la posibilidad de encontrarse. Escalas de valores distintas, podría decirse.

Lo anterior podría ser meramente anecdótico. Sin embargo, el problema se revela en su plenitud si constatamos que el presidente Boric deberá administrar el poder durante mucho tiempo después del plebiscito. ¿Cómo lidiar con esas dos almas que lo tensionan? ¿Basta un adversario común para sostener un gobierno, sobre todo cuando pareciera que el enemigo está en el mismo gabinete? ¿A cuál de las dos almas se siente próximo el mandatario? ¿Sabrá maniobrar en el exiguo espacio que le ofrecen sus dos bloques de partidarios? ¿No camina su gobierno por una cuerda floja preparada por ellos mismos?

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Ninguna de estas preguntas es azarosa. El problema es grave: después de varias idas y vueltas, el presidente puso su capital político en una agenda de reformas antes del plebiscito, y sus propios partidos le han quitado piso a esa posibilidad. Boric queda, así, debilitado y frágil, y es evidente que quedará aún más disminuido si pierde el 4 de septiembre. Bajo estas dudas yace una paradoja: su programa de transformaciones solo es posible si se articula con otros; aunque no sean los más puros, los limpios de polvo y paja de los 30 años. Esto es así porque en el Congreso, Apruebo Dignidad posee una fracción lejana a la mayoría (ni qué decir de los 4/7) en ambas cámaras, lo cual es un obstáculo insalvable incluso para los voluntariosos frenteamplistas.

Estas dos verdaderas “éticas” que coexisten en el gobierno nos llevan al viejo problema que cada tanto reflota en política: o hundirse con los propios o salvar los muebles recurriendo a los distintos. La pureza parece ser una mala consejera de los gobernantes. Quien no ve esto en política es un niño.

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