A veces llegamos a las vacaciones tan agotadas que nos cuesta soltar el piloto automático. Otras veces queremos exprimirlas, tanto que terminamos más cansados que antes.
Disfrutar las vacaciones, para qué estamos con cosas, es casi un arte.
No se trata de llenar cada minuto con actividades, sino de dar espacio al descanso, la improvisación, a esos momentos sin agenda que suelen ser los más memorables.
Es permitirnos despertar, pero sin prisa, cambiar de escenario y sobre todo, desconectarnos de las urgencias que nos persiguen todo el año.
No importa si el destino es una playa lejana o el propio hogar convertido en refugio, lo esencial es que al final de las vacaciones sintamos que nos regalamos tiempo.
Tiempo para mirar el mar sin apuro, para conversar sin interrupciones, para leer ese libro postergado que usted siempre dijo que lo empieza mañana, y simplemente para hacer nada sin sentir culpa, Porque las mejores vacaciones no son las que duran más ni las más costosas, son aquellas en las que logramos, aunque sea por un instante, sentir que el tiempo nos pertenece.
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