Desde hace años que se viene hablando en distintos partidos y universos intelectuales de izquierdas de la necesidad de “renovarse”: el término está allí, trillado y repetido como una cacofonía.
El problema es que no sabemos muy bien qué puede significar, para las izquierdas de hoy, una renovación. Tampoco tenemos seguridad de que la renovación sea posible.
Hay tres cosas que sí sabemos y nos las enseña la historia.
La primera de ellas es que todo proceso renovador tiene implicancias intelectuales más que políticas, ya que incorpora aspectos normativos y reflexivos sobre el tipo de sociedad a la que se aspira a llegar.
Pues bien, es ese ejercicio normativo y descriptivo el que urge emprender: ¿en qué puede consistir una sociedad socialista en los tiempos de hoy? Para movernos hacia allí, lo que se necesita es describir y explicar sus fundamentos, las formas de vida que allí podrían surgir, modos de coordinación y de fraternidad universal en una era en donde lo universal de las cosas se encuentra en crisis.
Solo entonces, una vez concluido este ejercicio, la política de izquierdas tendrá que hacerse de un proyecto del cual, hoy, carece dramáticamente.
Lo segundo que sabemos es que un genuino proceso renovador no se produce en un solo acto inaugural. La renovación de las políticas y de las ideas es el resultado de procesos largos, especialmente cuando se enfrenta una grave derrota. La renovación socialista chilena de los 80 demoró varios años: fue dura y dolorosa, a veces desgarradora.
Lo tercero que sabemos es que disponemos de coordenadas en las cuales movernos. Todos los partidos de izquierda en Chile, verdaderos micromundos, deberán optar entre procesos largos que no se agotan en un Congreso o en una Conferencia Nacional de Programa: se inician en este tipo de instancias para desembocar en actos congresales eventualmente refundacionales.
En lo personal, veo con interés la posibilidad de que las izquierdas desemboquen, tras un par de años de reflexividad, en Congresos del tipo Bad Godesberg de 1959, en el que los socialdemócratas alemanes tomaron decisiones que duraron 40 años, dotándose de un programa.
Así de dura es la derrota, así de dolorosa será la renovación.
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