El arrollador triunfo de Donald Trump, inesperado para muchos (me incluyo), no solo es un golpe para todo tipo de fuerza progresista: es una lección para cualquier proyecto de cambio social a través de reformas.
La candidata demócrata Kamala Harris produjo una rápida fascinación en el progresismo estadounidense y mundial: mujer, culta, con identidad racial, con un discurso redistributivo y verde, muchos pensamos que esa era la fórmula para capturar la imaginación de la mayoría del pueblo de los Estados Unidos. Hubo captura de la imaginación: la de las clases medias más educadas. Pero también hubo la repetición no como comedia, sino como tragedia, de los errores de Hillary Clinton de 2016: esa terrible incapacidad de conectar con los electores blancos más pobres y desposeídos.
Hay una lección general para las izquierdas, especialmente socialdemócratas. El lenguaje público socialdemócrata o simplemente socialista es excesivamente sofisticado: si las elecciones se jugaran ante un jurado de grado o de postgrado universitario, los socialistas ganarían casi siempre. No me estoy refiriendo a ese lenguaje incomprensible para el común de los mortales que alude a los seres sintientes, a la interseccionalidad que agrava las relaciones de dominación o al lenguaje inclusivo de “las”, “los” y “les”.
Me refiero a interpretaciones de la realidad que, por ser correctas, no logran transmitir ni explicar a escala humana las implicancias de la crisis climática, la inmoralidad de la desigualdad, la importancia del crecimiento económico y, sobre todo, la centralidad de la experiencia de sentirse físicamente seguros cuando se está en la calle (lo que nada tiene que ver con un concepto amplio de “seguridad social”).
El problema es que el mundo real no es solo de clase media. Hay clases populares de por medio: Trump ha sabido hablarles con claridad, a punta de patriotismo y desfiguraciones de la realidad.
El problema al que nos enfrentamos es el de la VERDAD: para hablar de ella, las formas son tan importantes como el fondo. Las izquierdas, viejas y nuevas, están haciendo agua, no por el fondo de los argumentos: las formas populares de la comunicación de izquierdas están naufragando. De seguir así, no hay futuro.
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