Hubo una época en que los partidos políticos tenían una prestancia enorme. Sus ideas se encarnaban en hombres y mujeres que postulaban a un puesto público, abrazando sin complejos las ideas del partido. Ideas que el país conocía, como también conocía de nombre y apellido a sus dirigentes, desde el presidente del partido, sus representantes en el Congreso, hasta quién dirigía a la juventud de la tienda.
Hoy, pareciera que los partidos son solo vehículos electorales más que ideas de mundo. Se puede renunciar a un partido desde un escaño público ganado -en buena parte- gracias al apoyo y financiamiento del partido, sin perder el escaño obtenido en su nombre.
Cambiar de ideas es totalmente legítimo. En una democracia eso tiene un costo: no saber si con las ideas nuevas el candidato habría sido o no electo al escaño que ya posee con las ideas anteriores. Algo que corregían las propuestas de las dos constituciones rechazadas, por la vía de renunciar al escaño si se renunciaba al partido.
Por ahora, en Chile el escaño es de la persona que gana una elección y no de las ideas que la persona dijo representar al momento de su elección. Si las nuevas ideas violan las expectativas de todos los votantes que votaron por el candidato y sus ideas anteriores, todavía, según la democracia chilena, eso no debiera importarle a nadie.
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