Entre el pesimismo y el miedo hay una relación muy dañina. El pesimista tiende a ver el mañana peor que el presente y quien vive con miedo se guarece del entorno y se invisibiliza lo más posible porque su inseguridad lo domina.
Cuando el miedo y el pesimismo se conectan, el resultado es un repliegue de la voluntad y una paralización de la esperanza.
Los tiempos no son buenos hoy. La crispación mundial y el debilitamiento democrático hacen caer la base cívica centrada en la expectativa positiva para lamentarse por cada error que se comete.
Intentar ser infalible en un entorno de inseguridad y miedo es una invitación al error de los gobernantes y de los gobernados. La respuesta no es lacerarse con culpa, sino aprender, sacar conclusiones y reintentar.
Nadie lo ha dicho mejor que el escritor irlandés Samuel Beckett cuando señala: “Tú te lamentas, siempre traté, siempre fallé, no importa, trata de nuevo, falla de nuevo, pero falla mejor”.
Fallar mejor es la antítesis de las justificaciones buscando empates, culpando a otros o negando lo evidente. Fallar mejor implica primero reconocer el error, luego corregirlo, aprender del error y no volverlo a cometer. Es duro para el ego, sí, pero es su única salvación.
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