Columna de Gonzalo Prieto | Más allá de ser oposición: una alternativa

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El país eligió un Presidente que lleva casi tres meses desmantelando los derechos sociales de las y los chilenos. No nos puede sorprender: lo llevan proponiendo por 12 años y lo intentaron en el segundo proceso constitucional, amparados en un fuerte sentido ideológico de Estado mínimo, ese que solo existe en las ideas, donde las garantías sociales se debilitan y se traslada a las personas la responsabilidad de resolver, individualmente, cuestiones que históricamente han requerido estructuras colectivas e instituciones robustas.

También escogió al Congreso, fiel expresión de la sociedad que tenemos hoy: mediatizada, donde importa más la forma que el fondo y donde la política se ha convertido en escenario del espectáculo de las redes sociales.

Nuestro mundo —el progresismo, la izquierda o la inexistente socialdemocracia— se quedó hace muchos años atrás sin comprender con exactitud qué ocurría en la calle. Lo intentamos, por supuesto, pero perdimos la oportunidad de llevar adelante un proyecto constitucional consistente con las demandas ciudadanas y de sostener una mirada de fondo a largo plazo. Abrumados por las encuestas semanales, dejamos que la política dejara de ser un marco de conducción y se transformara en un mecanismo que solo reacciona.

Así es la democracia, dirán algunos: aquí importan los que ganan, y serán ellos quienes conduzcan los destinos del corto y mediano plazo. Pero quienes asumen la primera línea deben tener la sabiduría para leer la sociedad y liderar un proyecto de largo aliento. Nuestro pequeño país necesita con urgencia un nuevo modelo de desarrollo: el tiempo se agota.

Esa proyección se verá constantemente interrumpida por una coyuntura polarizada. Los discursos se han volcado a los extremos y construir acuerdos no luce atractivo ante el elector. Romper ese círculo no es fácil, pero, en mi opinión, debemos avanzar por dos caminos simultáneos: evitar que la ultraderecha legisle hacia un Estado mínimo que aumente la pobreza, la desigualdad y el debilitamiento de las familias de recursos medios; y, al mismo tiempo, acordar un proyecto de desarrollo sostenible para el Chile de los próximos 50 años.

No faltan ideas, falta convicción teórica. Debemos reencontrar coherencia en cómo nuestra acción política se despliega en todos los ámbitos de la vida social. Un país pequeño y amarrado a las fluctuaciones internacionales no necesita una mera oposición, sino una alternativa: un marco narrativo capaz de mostrar que existen otras posibilidades para que a las familias les vaya mejor económicamente, tengan protección social y vivan en ciudades con seguridad y calidad de vida.

La demografía nos obliga a pensar distinto. Nuestra edad promedio ronda los 38 años y la esperanza de vida supera los 80, pero la fuerza para trabajar e innovar está en transición. El camino consiste en elevar la calidad de vida durante todo el ciclo vital, fortaleciendo la prevención y los hábitos saludables. El deporte debe ser una herramienta clave: no solo aporta a la salud, también fomenta la cultura cívica necesaria para construir un país más colaborativo y comprometido con su futuro.

Con veinte millones de habitantes en el siglo del conocimiento, no podemos llegar mirando al pasado. La decisión estratégica debe ser apostar por la educación en todos sus niveles, con objetivos ambiciosos y comparándonos con los mejores.

Una buena economía no se reduce a la eterna disputa entre Estado y mercado: esa es una tesis anacrónica y una trampa mortal. Salir de allí es, en sí misma, una tarea política fundamental, y allí está la verdadera alternativa. Las economías exitosas son las que combinan lo mejor del mundo privado y del sector público para mejorar las condiciones de vida del país y hacerlo más seguro y próspero.

La gente reclama con razón un Estado que no responde a la velocidad que se requiere. Proyectos lentos, promesas incumplidas y un aparato hipercentralizado han minado la democracia y debilitado al sistema político como herramienta pacífica de decisión. Sin perder nuestras tradiciones, debemos transitar hacia un Estado más ágil, donde las decisiones lleguen a las personas con eficiencia. Mientras más cerca de la gente estén los recursos para tener mejores escuelas, consultorios, caminos, información y seguridad, más sentirán que su voto se traduce en acción pública concreta que beneficia su vida y la de los suyos.

Deporte y vida sana, educación y conocimiento, una economía flexible al servicio del país y un Estado ágil capaz de resolver problemas: he ahí cuatro ejes para una alternativa real frente a una ultraderecha que ofrece titulares, pero solo sabe repetir frases que conducen a la pobreza de las mayorías y, peor aún, a la desintegración social.

Salgamos de la NOT POLÍTICA y seamos la alternativa que le propone a las personas un futuro mejor.

Más allá de ser oposición: una alternativa

Gonzalo Prieto Navarrete, sociólogo y vicepresidente PPD

 

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