La derrota en primera vuelta del líder de la izquierda brasileña, Lula, a manos del candidato ultraderechista Flávio Bolsonaro golpeó a toda la izquierda latinoamericana, y no solo a ella: a la izquierda global.
Si bien este resultado conduce a un balotaje, las posibilidades de Lula son muy bajas para ganarlo: tiene muy poco espacio para crecer en la votación emitida, lo que exige un esfuerzo extraordinario y la irrupción de algún fenómeno también extraordinario.
Este resultado pone en evidencia tres debacles.
La primera es la debacle de las encuestas: ninguna pronosticó este resultado, lo que contribuyó al efecto sorpresa del día siguiente.
La segunda debacle es la del propio Lula, un líder cuya estatura y resonancia política es de alcance mundial, a la altura de lo que fue Pepe Mujica con su liderazgo moral desde un pequeño país.
La tercera debacle es la de la izquierda latinoamericana: algo se debe haber hecho muy mal, desde Santiago a Bogotá, pasando por Brasilia y La Paz, para terminar con un continente casi completo gobernado por presidentes de derecha, varios de ellos ultras (como Milei, De la Espriella y eventualmente Bolsonaro).
Es esta última debacle la que explica el shock de realidad de todas las izquierdas. Llegó el momento de explicar sinceramente las razones de tamaña derrota continental, abandonando las explicaciones de superficie de que “fueron los bots”, “la derecha controla los medios”, “es solo el efecto del desgaste de un mandato presidencial que coincidió en varios países” y cosas por el estilo.
Hay razones profundas involucradas, y no solo en el continente, también en Europa, las que pueden declinarse en algunas preguntas. ¿Hace sentido popular el socialismo y sus valores de igualdad originaria? ¿De qué pueblo estamos hablando? ¿De un pueblo obrero, de trabajadores manuales o de asalariados precarios que no se reconocen en ninguna clase social? ¿De clases medias educadas y frustradas? ¿No estaremos en el umbral de la extinción de las clases que originaron al socialismo en el siglo XIX, lo que significaría que los partidos de izquierda aún no han hecho la transición al siglo XXI?
El momento histórico es dramático, y provoca melancolía por un mundo que se fue, ese “mundo de ayer” del que hablaba hace un siglo Stefan Zweig, y que nuevamente se fuga, sin que lo hayamos completamente entendido.
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