Algo mucho más importante que la carrera presidencial está en juego en Brasil. Es posibilidad de hacer Justicia.
Y para eso tanto los jueces del Supremo Tribunal Federal, debieran estar libres de presiones. Claro parece ingenuo pedirlo, pero entre esa ingenuidad y el descaro transversal de muchas autoridades brasileñas hay un abismo.
Hoy sólo se decide si Lula pasará en libertad o preso todo el proceso de apelación a la sentencia de segunda instancia de 12 años por corrupción pasiva. Pero las presiones se desataron.
Desde Dilma que dice que si se rechazaba el recurso era un nuevo Golpe de Estado, pasando por el Comandante en Jefe del Ejército que manifestó su compromiso con el fin de la impunidad u otro militar que anunciaba que si Lula quedaba libre ellos deberían restaurar el orden o políticos de derecha y hasta miembros del poder judicial.
La reforma al sistema judicial, el desprestigio de la política ante los ciudadanos, todo eso hizo posible que avanzaran procesos contra la corrupción como el mítico Lavajato.
“No van encerrar mis pensamientos, no van a encerrar mis sueños”, ha dicho Lula. Falso, es a él, por sus eventuales delitos a los que se persigue. Bien haría en no victimizarse: mucho más allá de él es la independencia de la Justicia la que está en juego.
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