A dos días de su paso por Lollapalooza, la banda australiana cambió el formato festivalero por la intimidad de Sala Metrónomo. Entre su cercanía con el público y celebrados covers de “Linger” y “Murder on the Dancefloor”, dejó una presentación que reafirmó su potencial como una de las bandas más atractivas del indie pop reciente.
Royel Otis venía de presentarse en Lollapalooza Chile el sábado 14 de marzo y, apenas dos días después, aterrizó en formato sideshow en Sala Metrónomo, el recinto de Ernesto Pinto Lagarrigue 179, en Recoleta, abierto desde 2019 y convertido en uno de esos espacios chicos donde el vivo todavía se siente a centímetros.
Para el show del lunes 16 de marzo, las puertas estaban fijadas para las 19:00, con inicio del número principal a las 21:00. En otras palabras, algo así como la escala ideal para comprobar qué tan real es el fenómeno cuando, en vez de sostenerlo un festival de magnitudes, se traslada a una sala de aforo reducido, que distintas plataformas sitúan entre unas 500 y poco más de 600 personas.
Y lo cierto es que ahí, en esa distancia corta, el dúo proveniente de Australia confirmó por qué dejó de ser una curiosidad de nicho para convertirse en uno de los nombres más comentados del indie pop reciente. Royel Maddell y Otis Pavlovic formaron el proyecto en 2019 en Sydney, después de una cadena de EPs (Campus, Bar & Grilly Sofa Kings) que fue pavimentando el terreno para Pratts & Pain en 2024 y hickey en 2025.
En el camino, vinieron la nominación simbólica como uno de los “Artists to Watch” de los GRAMMY en 2024, cuatro premios ARIA ese mismo año y, sobre todo, dos covers que les dispararon la conversación global: Murder on the Dancefloor, de Sophie Ellis-Bextor y Linger, de The Cranberries. Este último, convertido incluso en su primera entrada al Billboard Hot 100 y formó parte de la banda sonora de The Summer I Turned Pretty, la exitosa serie de Prime Video.
Dicho ascenso se entendió todavía mejor anoche, porque Royel Otis no se paró en Metrónomo como una banda con una puesta en escena que necesitara inflar su importancia de manera artificial. Al contrario, salió con esa mezcla de desparpajo y timidez que ya parece parte de su identidad.
“(this is royel otis live in chile)”
Desde el arranque del show, aparecieron las gráficas metatextuales que acompañan esta etapa en vivo del grupo (pantallas rosadas, frases entre paréntesis, textos que explican o comentan lo que está ocurriendo en tiempo real). En Santiago, eso se tradujo desde el comienzo con una pantalla rosada que, tras proyectar “(this is royel otis live in chile)” sacó aplausos y gritos entre el público.
La intimidad del lugar hizo el resto. Otis, especialmente, se movió durante varios momentos como si estuviera en una tocata entre conocidos más que en un sideshow internacional: preguntó si alguien necesitaba agua, fue pasando botellas al público, recibió una bandera chilena y se la dejó encima del cuerpo como una especie de manta improvisada, mientras varias veces volvió sobre ese “Chi chi chi, le le le” que en esta edición de Lollapalooza fue una suerte de contraseña compartida entre artistas anglo después de que la popularizara Sabrina Carpenter la noche de cierre del primer día.
Royel Maddell durante el concierto de Royel Otis en Sala Metrónomo el lunes 16 de marzo de 2026
Musicalmente, el show dejó una impresión muy clara: Royel Otis suena muy bien en vivo, sobre todo cuando se trata de cuerdas. Ahí está, probablemente, una de sus mayores fortalezas. La guitarra eléctrica de Roy sostiene varias canciones con un nivel de definición y textura que reduce muchísimo la distancia entre el estudio y el escenario. En temas como Heading for the Door, Kool Aid, Foam, Bull Breed o Fried Rice, esa cualidad apareció con nitidez entre riffs con melodías brillantes y precisas que no perdieron ese aire algo desgarbado que también es parte del encanto del dúo australiano.
Eso no significa que todo haya sido impecable. Hubo pasajes donde los problemas de sonido sí enturbiaron la experiencia. A ratos, las voces se mezclaban demasiado. En otros, el micrófono de Roy parecía quedar excesivamente arriba y dejaba al descubierto una afinación más frágil de lo que la canción necesitaba. También se vio a Otis ajustarse varias veces el audífono, como intentando corregir algo que, desde abajo, también se percibía inestable.
No fue un desastre ni mucho menos, pero sí un recordatorio de que, en una sala de espacio reducido, cualquier desbalance se vuelve muchísimo más evidente. Pero incluso con esos tropiezos, lo instrumental siguió sosteniendo el show con bastante categoría.
El setlist, además, estuvo bien pensado para ese punto exacto entre fan service y consolidación de repertorio. Abrieron con I Hate This Tune, pasaron por Adored, Heading for the Door, Boyfriend, Car, Moody, Come On Home, She’s Got a Gun y More to Lose.
Luego llegaron las cartas más celebradas por cualquiera que haya seguido su expansión reciente y siguen funcionando como uno de esos desvíos ajenos que ya sienten propios: Linger y Murder on the Dancefloor. Ahí se notó una gracia importante del dúo, pues sus versiones operan como una extensión bastante natural de su sonido. En un momento entre pausas, Roy incluso dejó al público pidiendo más al juguetear con los acordes de Under the Bridge, el icónico himno de Red Hot Chili Peppers.
Otis Pavlovic durante el concierto de Royel Otis en Sala Metrónomo el lunes 16 de marzo de 2026
El show duró alrededor de una hora y dejó una sensación bastante concreta: gusto a poco. No porque faltaran canciones (material tienen de sobra, entre tres EPs y dos discos), sino porque el formato íntimo hizo que todo se pasara demasiado rápido. Y esa se interpreta, en el fondo, como una buena señal. Porque, cuando una banda logra que una hora parezca media, es porque logró introducir a la audiencia a su mundo.
Y esa conexión no terminó estrictamente cuando bajaron del escenario, porque Roy se quedó después detrás del bar, sacándose fotos con los fans que hicieron fila y conversando con varios de ellos. Entre abrazos y selfies, a cada uno le agradeció el apoyo como si hablase con nuevos conocidos y no con seguidores que no hablaban su inglés natal y que, en rigor, vivían al otro lado del mapa, separados por miles de kilómetros, varios husos horarios y toda esa distancia que la música logró volver irrelevante por una noche.
Ya afuera, todavía quedaban personas esperando a Otis más de una hora después del final, con la esperanza de verlo salir acompañado por seguridad. Ahí, en ese pequeño remanente de público que no quería irse todavía, quedó otra postal de la noche. La de una banda australiana que vino a tocar un sideshow, sí, pero que también salió dejando la impresión de estar construyendo algo más grande en un largo pasillo de Sudamérica.
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