Lo primero que se me vino a la cabeza al comenzar a ver la nueva versión de El muñeco diabólico es el remake de Robocop de 2014. La cinta de José Padilha, además de ahondar en el conflicto del libre albedrío por parte del protagonista, daba un paso en el debate sobre el manejo humano de las máquinas desde un punto de vista más frío e interesante.
Claramente el filme de 2014 se perdió ante una mala taquilla y poca repercusión, pero daba su punto de vista sobre la premisa y las preguntas que ya había planteado (con maestría) Steven Spielberg en Inteligencia Artificial. 18 años después llega un remake que, pese a sus limitaciones, usa esta idea sobre, si las maquinas con inteligencia pueden tener conciencia, ¿cuánto de sus actos es una orden de un chip?
El Muñeco Diabólico comienza dejando fuera de la trama al asesino Charles Lee Ray. No aparece en ningún lado, por ende, no hay un muñeco maldito con su alma. Lo que podría ser la peor idea de todas, marca el inicio de un relato que cambia las reglas del suspenso y desarrollo de los personajes ya conocidos en la película original. Chucky ahora es un robot con inteligencia artificial al servicio de Andy. Otra cosa. El niño ahora es un pre adolescente que vive con su madre, extraña a su padre y los padrastros son unos imbéciles.
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Otro cambio de ciudad, Andy tiene problemas para hacer amigos y en eso su madre le regala el muñeco de moda, el que, como se nos cuenta al minuto del metraje, es una versión sin protocolos de seguridad producto de un trabajador que es maltratado por la empresa que fabrica el juguete.
Chucky puede maldecir, no tiene limites, pero tiene problemas de motricidad y de diferenciar ciertos elementos. Su actuar es a veces es torpe. En ese estado llega a Andy y comienzan una relación en donde Andy, sin darse, cuenta lo cría y lo deja como a él su padre. Jaque mate. El niño es el villano y el muñeco, en su afán por agradarle y hacerle sentir bien, comienza a tomar malas decisiones que incluyen asesinatos.
¿Tiene ripios la película? Un montón, pero a diferencia de la mayoría de los remakes, este plantea una nueva forma de encarar la trama, le da más capas que la cinta original, tiene un humor fresco y las muertes son eficaces. Lars Klevberg es consciente de su diminuto presupuesto, por ende la historia se desarrolla en tres ambientes, pero bien aprovechados. Las actuaciones están bien y la película, pese a que le cuesta arrancar, termina siendo divertida y con buenos momentos de suspenso. Pero por lejos lo mejor es la nueva mirada a un personaje que hace rato estaba desgastado.
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