Hemos hablado largamente de cómo la inteligencia artificial va a transformar el trabajo y el mercado laboral, de cómo cambiará la educación, la salud, de la evolución de los servicios digitales, de las ciudades inteligentes, de la infraestructura digital, de los medios de comunicación y hasta de la manera en que nos relacionamos con las máquinas. Sin embargo, hemos prestado menos atención a lo que ocurrirá con el dispositivo tecnológico más masivo y cotidiano de nuestra época, el smartphone. Hoy existen más de 7.000 millones de teléfonos móviles en uso en el mundo, y más de 5.000 millones de personas utilizan internet desde dispositivos móviles, convirtiendo a este pequeño aparato que llevamos en el bolsillo en la interfaz tecnológica más extendida de la historia. El siguiente paso no es solamente qué nuevas funciones incorporará el próximo teléfono, cuánto mejorará su cámara o cuánto durará su batería, sino en qué se convertirá el teléfono móvil durante la era de la inteligencia artificial. Y todo indica que su próxima evolución será mucho más profunda que un cambio de hardware, estamos comenzando a pasar del teléfono organizado alrededor de aplicaciones hacia el teléfono organizado alrededor de nuestras intenciones, nuestro contexto y nuestras necesidades.
Durante casi veinte años hemos repetido exactamente el mismo ritual. Desbloqueamos el teléfono, buscamos un ícono, abrimos una aplicación, navegamos por sus menús, hacemos algo, la cerramos y abrimos otra. Podemos tener teléfonos muchísimo más rápidos, cámaras extraordinarias, pantallas plegables, reconocimiento facial, conexión 5G y procesadores capaces de ejecutar inteligencia artificial, pero la lógica fundamental del smartphone sigue siendo sorprendentemente parecida a la que conocimos con el primer iPhone en 2007, es decir, una pantalla llena de aplicaciones esperando que nosotros decidamos cuál utilizar.
Eso podría estar comenzando a terminar. Y quizás ésta sea una de las transformaciones tecnológicas más importantes de los próximos años. Porque el futuro del smartphone probablemente no estará determinado por tener una cámara con más megapíxeles, una pantalla más brillante o una batería que dure algunas horas adicionales. La siguiente revolución ocurrirá cuando dejemos progresivamente de buscar aplicaciones y sea el propio teléfono el que comprenda qué queremos hacer. Dicho de otra manera, estamos pasando del smartphone basado en aplicaciones al dispositivo basado en intenciones.
Para comprender la magnitud del cambio basta mirar algo cotidiano. Supongamos que queremos juntarnos mañana a almorzar con una hermana. Es una intención bastante sencilla. Sin embargo, para concretarla tenemos que entrar a WhatsApp para preguntarle su disponibilidad, luego revisar nuestro calendario, volver a WhatsApp, buscar un restaurante en Google, mirar su ubicación en Maps, revisar cómo llegar, hacer una reserva, crear el evento en el calendario y finalmente enviar la dirección a tu pariente.
Nuestra intención era una sola, almorzar con nuestro familiar. Pero para cumplirla tuvimos que convertir esa intención en una secuencia de operaciones digitales distribuidas entre cinco o seis aplicaciones. Nos hemos acostumbrado tanto a hacerlo que ya ni siquiera nos parece extraño. Pero lo es, en realidad buena parte de nuestra relación actual con el smartphone consiste en que nosotros hacemos el trabajo de coordinar el software.
La inteligencia artificial puede invertir completamente esa relación. Imaginemos decir simplemente “organiza un almuerzo con mi hermana la próxima semana, busca un restaurante cerca de nuestras oficinas, considera nuestros calendarios y reserva para las 13:30”. El teléfono comprende el objetivo, consulta los calendarios, identifica los horarios compatibles, localiza restaurantes, verifica disponibilidad, calcula distancias y finalmente nos presenta una alternativa para aprobar. La intención sigue siendo nuestra, pero la ejecución comienza a ser de la máquina. Y ésa es una diferencia mucho más profunda de lo que parece. Del teléfono inteligente al teléfono agéntico.
Durante la primera generación de telefonía móvil, el aparato servía fundamentalmente para comunicarnos. Llamábamos y posteriormente enviábamos mensajes. La segunda generación conceptual llegó con el smartphone y las aplicaciones. El teléfono se convirtió en una plataforma universal donde cada necesidad encontró una aplicación. Queríamos escuchar música, Spotify; moverse por la ciudad, Uber, orientarnos, Google Maps; conversar, WhatsApp; comprar, Amazon o Mercado Libre; viajar, una aerolínea o una plataforma de reservas y administrar nuestro dinero, la app del banco.
El modelo ha sido extraordinariamente exitoso y creó una economía digital global de cientos de miles de millones de dólares. Pero también creó una paradoja, hoy tenemos dispositivos cada vez más inteligentes que todavía necesitan que una persona les indique, paso por paso, qué aplicación abrir y qué hacer dentro de ella.
La tercera generación comienza precisamente ahora. Es el smartphone agentico. Un dispositivo que no solamente responde preguntas, sino que puede comprender objetivos, razonar sobre ellos, utilizar diferentes servicios y ejecutar acciones. No le indicamos necesariamente cómo hacer algo, le decimos qué queremos conseguir. Las aplicaciones no van a morir; probablemente van a desaparecer de nuestra vista, es decir, no significa necesariamente que vayan a quedar obsoleto Uber, Spotify, WhatsApp, los bancos, las aerolíneas o las plataformas digitales, lo que podría desaparecer progresivamente es nuestra necesidad de entrar físicamente a cada una de esas aplicaciones para utilizar sus servicios.
“Necesito viajar a Concepción con mi hermana el próximo jueves. Busca un vuelo después de las seis de la tarde, sin escalas, revisa si me conviene utilizar millas y encuentra un hotel cerca de la plaza de armas de la ciudad.” Actualmente esa instrucción puede significar veinte minutos saltando entre aplicaciones y páginas web. En el futuro podría convertirse simplemente en una conversación. Detrás de esa conversación seguirán existiendo aerolíneas, hoteles, sistemas de pago, mapas y programas de fidelización. Las aplicaciones pasarían entonces de ser principalmente interfaces que utilizamos las personas a transformarse también en servicios que utilizan nuestros agentes digitales.
Y eso cambia completamente la arquitectura de internet móvil. Nothing, empresa británica de tecnología, habla incluso de construir un Personal Operating System, es decir un sistema operativo que se adapta progresivamente a la persona en lugar de obligar a la persona a adaptarse al software. Nothing ya está experimentando con su plataforma Essential, donde una persona puede describir mediante lenguaje natural una función que necesita y la IA puede generar una pequeña aplicación personalizada, avanzando hacia un sistema capaz de aprender progresivamente preferencias, hábitos y contexto. Esto supone un cambio enorme. Actualmente descargamos aplicaciones creadas por otros. En el futuro podremos simplemente decir “necesito una herramienta que registre mis almuerzos con cada integrante de mi familia, identifique los compromisos que adquirí y me recuerde aquellos que todavía no he cumplido” El sistema podrá construir esa función. No habrá necesariamente que buscar una aplicación, ni descargarla, ni configurarla. La interfaz podría generarse en ese preciso momento.
Aquí aparece otra transformación fascinante. Durante décadas millones de personas recibimos prácticamente la misma interfaz. Prácticamente idéntico es el teléfono de un estudiante, una dueña de casa, un médico, un periodista, un agricultor o un empresario, todos pueden tener la misma pantalla inicial y una cuadrícula muy similar de aplicaciones. Pero nuestras vidas, trabajo o inquietudes no se parecen en nada, entonces por qué nuestros sistemas operativos deberían ser iguales.
La inteligencia artificial permitirá que la interfaz comience a construirse dinámicamente alrededor de cada persona. La pantalla deja de ser una colección estática de aplicaciones, se convierte en una interfaz generativa que cambia según quiénes somos, dónde estamos y qué estamos haciendo. Y después viene algo todavía más importante, la anticipación. El smartphone actual es esencialmente reactivo, somos nosotros los que hacemos algo y él responde. La próxima generación será progresivamente anticipatoria.
Entonces podrá decir “el almuerzo con tu hermana comienza en 40 minutos, pero hay un accidente en la ruta habitual. Si sales dentro de cinco minutos llegarás a tiempo. ¿Quieres que pida el vehículo?” Ya no estamos hablando simplemente de un teléfono que tiene información, estamos hablando de un dispositivo que comprende el contexto.
Lo que viene incluso signifique que dejemos de mirar tanto el teléfono. El smartphone podría volverse mucho más poderoso mientras nosotros comenzamos a mirarlo menos. Porque esa inteligencia personal podrá acompañarnos a través de distintos dispositivos, desde anteojos, ropa, aros, audífonos, relojes, automóvil, computadores y televisores.
Durante la era de las aplicaciones tuvimos que aprender cómo funcionaban estos dispositivos, aprendimos dónde estaba cada ícono, qué aplicación servía para cada cosa, qué menú debíamos abrir y qué secuencia de pasos necesitábamos seguir. La inteligencia artificial comienza a invertir esa relación. Ya no tendremos que aprender solamente cómo funciona el software, sino que el software comenzará a aprender cómo funcionamos nosotros, una inteligencia capaz de comprendernos, acompañarnos y actuar en el mundo digital en nuestro nombre.
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