Columna Mario Saavedra | El síndrome del “Confort”: Por qué confundimos tecnología con pantallas brillantes.

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En Chile sufrimos de una miopía semántica fascinante. Le decimos “Confort” a cualquier rollo de papel higiénico, “Quix” a cualquier lavaloza, Gillette a cualquier prestobarba y, en el peor de nuestros crímenes intelectuales, le llamamos “tecnología” a cualquier pedazo de plástico que tenga una pantalla y necesite un enchufe para vivir. Nos hemos tragado el cuento completo de que la innovación humana nació el día que a un tipo en cuello de tortuga en California se le ocurrió ponerle un vidrio táctil a un teléfono de bolsillo.

Detengámonos un maldito segundo en este 2026 y retrotraigamos el concepto. Tecnología es el control del fuego. Tecnología es la rueda, el sistema de alcantarillado, la imprenta de Gutenberg, el reloj mecánico y ese humilde tenedor con el que te comes el almuerzo. Es, por definición básica, la aplicación del conocimiento humano para resolver problemas reales. Sin embargo, en nuestra arrogancia moderna, si un objeto no tiene Bluetooth, conexión Wi-Fi inestable y una suscripción mensual que te cobra hasta por mirar la hora, la masa asume que es una antigüedad inservible. Hemos degradado un concepto milenario al nivel de un simple electrodoméstico que pierde su valor a los doce meses.

Y aquí es donde el circo se pone verdaderamente triste al observar la brecha generacional actual.

Por un lado, tenemos a los niños de educación básica. Esa que llamamos la “Generación Pantalla”, a la que los padres modernos miran con la boca abierta diciendo maravillas como “mira qué tecnológico es mi hijo, aprendió a desbloquear el iPad a los tres años”. Falso. Tu hijo no es tecnológico. Tu hijo es un pequeño rehén de la dopamina barata con la motricidad fina suficiente para deslizar el dedo sobre un cristal diseñado por ingenieros de Stanford para crear adicción. Pídele a ese mismo niño que entienda cómo funciona el router que le da internet o que cambie la rueda de una bicicleta y le dará un ataque de ansiedad porque no hay un tutorial de TikTok de quince segundos que se lo resuelva.

En el otro extremo del cuadrilátero está la “Generación Silver”. Nuestros viejos. Los tipos y mujeres que construyeron las bases del mundo moderno operando maquinaria pesada, calculando estructuras analógicas y dominando sistemas que requerían lógica pura, sangre y sudor. Ellos manejaban tecnologías reales que no venían con manuales amigables ni emojis de felicitación. Pero hoy, el sistema digital los mira con desdén y los margina como si fueran analfabetos funcionales simplemente porque se demoran cinco segundos extra en escanear un maldito código QR para leer la carta de un restaurante pretencioso en Providencia.

El problema de este año no es que nos falte tecnología, es que carecemos por completo de cultura digital y perspectiva histórica. Creemos que avanzar es externalizar todas nuestras capacidades cognitivas en una Inteligencia Artificial para no tener que pensar, olvidando que las herramientas deben amplificar nuestro intelecto, no reemplazarlo.

Saber usar la tecnología no es hacer fila de madrugada para comprar un dispositivo que te envíe notificaciones inútiles a la muñeca. Es tener el criterio para saber cuándo usar la herramienta y, más importante aún, cuándo apagarla. Las plataformas cambian, pasamos de la piedra al acero y del silicio a los agentes autónomos, pero al final del día la regla de oro sigue intacta. La interfaz definitiva siempre será humana.

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