Permiso de Circulación 2026: Revisa cuánto pagarás este año
El Servicio de Impuestos Internos (SII) publicó en su sitio web la tasación de los vehículos livianos y pesados para este 2026.
Bienvenido a la era de la Obsolescencia Emocional. Tus recuerdos ya no son tuyos. Los estás arrendando y el contrato se renueva mes a mes sin opción a compra.
Te apuesto lo que quieras a que tienes el sueño de la casa propia pegado en la frente. Es nuestro trauma nacional, ese gen chileno que se activa apenas firmas tu primer contrato y te hace aguantar dividendos en UF que suben con más ganas que tu sueldo.
Pero mira la ironía. Mientras te deslomar por ser dueño de tus cuatro paredes, aceptaste mansito y sin reclamar ser un allegado digital por el resto de tus días.
Bienvenido a la era de la Obsolescencia Emocional. Tus recuerdos ya no son tuyos. Los estás arrendando y el contrato se renueva mes a mes sin opción a compra.
Acuérdate de cómo era antes, digamos en la prehistoria de 2015. Te comprabas un disco duro externo, ese ladrillo negro que ahora tienes tirado juntando polvo, y ahí guardabas todo. Era tu bodega. Húmeda y desordenada, pero tuya. Nadie venía a cobrarte peaje por entrar a mirar las fotos de ese verano en El Tabo del 2008.
Hoy la cosa es una distopía inmobiliaria y los caseros tienen nombre y apellido.
Hablemos de Google Photos, el “dealer” más inteligente del barrio. Primero te dijo: “Sube todo, es gratis, es ilimitado, calidad alta”. Y tú, inocente paloma, subiste hasta la foto borrosa del plato de lentejas. Cuando ya tenías 15 años de vida ahí, te cerraron la llave y te dijeron: “Se acabó la fiesta, ahora paga o borra”.
O hablemos de iCloud de Apple, que te cobra el equivalente a una suscripción de streaming solo para que tu teléfono no te mande una notificación cada 5 minutos gritándote que no tienes espacio para hacer un respaldo. Y ni hablar de OneDrive o Dropbox, que partieron como oficinas virtuales y ahora son el cajón de los cachureos que te da miedo abrir.
Y ojo con la seguridad, que es el chiste más cruel de todos. Crees que tus datos están en una bóveda tipo Banco Central, pero en realidad están en un galpón donde entran y salen algoritmos como Pedro por su casa. Usan tus fotos para entrenar a sus IAs. Básicamente, le estás pagando a una empresa para que use tus recuerdos familiares como material de estudio. Es como dejar las llaves de tu casa debajo del felpudo y sorprenderte si alguien entra a probarse tu ropa.
Ahora, supongamos que te bajó la rebeldía. Te cansaste. Quieres cerrar el boliche y volverte analógico. “Voy a bajar mis cosas”, dices, con la ingenuidad de quien cree que sacar hora en el Registro Civil es rápido.
Ahí empieza la verdadera tortura.
Intenta usar Google Takeout o pedirle tus datos a Facebook. No te devuelven tus fotos ordenaditas en carpetas como tú las tenías. No señor. Te tiran encima 50 archivos comprimidos .zip de 2 gigas cada uno, mezclados con unos archivos .json que no sirven para nada más que para confundirte. Es como si pidieras tus muebles de vuelta y te los devolvieran hechos aserrín y con un manual en chino.
Y aquí viene el portazo de realidad. Digamos que logras bajar todo ese caos. ¿Dónde lo metes?
Tu computador con suerte tiene 256 gigas y está lleno con dos juegos y el Excel. Para bajarte de la nube necesitas comprar discos duros físicos de 4 o 5 terabytes. Y no son baratos. Tienes que ir a pelear a la tienda de computación, gastarte un dineral y rezar para que no te salga malo.
Para el ciudadano de a pie, salir de la nube es una proeza técnica. Requiere más conocimientos que configurar el router de la casa. Tienes que saber descomprimir, organizar, respaldar y mantener. Al final, las tecnológicas saben que te da flojera. Saben que prefieres pagar los 2.000 o 9.000 pesos mensuales antes que enfrentarte al terror de gestionar tu propio desastre digital.
Es el impuesto a la pereza y al miedo.
Al final externalizaste tu memoria. Ya no te sabes ni los teléfonos ni los cumpleaños. Confías ciegamente en servidores que están en un desierto en Oregón. Le entregaste las llaves de tu identidad a empresas que pueden cambiar los Términos y Condiciones un martes a las 3 de la mañana, mientras tú duermes soñando que eres dueño de algo.
Hazme caso, intenta ponerte un poco más analógico. Imprime un par de fotos, aunque sea las buenas. Porque el día que la tarjeta de crédito te falle, o cuando la nube decida que tu plan de suscripción ya no es negocio, lo único que te va a quedar es lo que puedas tocar.
El resto es solo un arriendo. Y ojo, que el casero está a punto de subirte el precio.
El Servicio de Impuestos Internos (SII) publicó en su sitio web la tasación de los vehículos livianos y pesados para este 2026.