Columna de Mario Saavedra | Medio siglo pensando distinto: Apple y los 50 años de la secta más brillante del mundo

Por CNN Chile

07.04.2026 / 19:54

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Lograron convencernos de pensar diferente para terminar vistiendo, actuando y comprando exactamente igual a los otros mil millones de usuarios del planeta.


Llegamos a abril de 2026. Hace exactamente cincuenta años, dos tipos llamados Steve se encerraron en el garaje de una casa en California para soldar una placa de circuitos de madera. Hoy, esa humilde placa es el imperio corporativo más valioso del planeta, una maquinaria perfecta que dicta cómo nos comunicamos, cómo escuchamos música y, sobre todo, que tiene el poder absoluto de hacer que millones de personas vacíen la cuenta de su banco sin hacer una sola pregunta.

Para entender cómo Apple logró dominar el mundo, no hay que mirar solo el titanio de sus carcasas. Hay que retroceder a 1997 y analizar su código fuente cultural: la icónica campaña publicitaria “Think Different”.

“Brindemos por los locos, los inadaptados, los rebeldes, los alborotadores”. Ese fue el manifiesto. Con un simple comercial de televisión, Apple logró que muchos de nosotros, los incomprendidos, los locos de la tecnología, los artistas de dormitorio y los diseñadores frustrados, creyéramos genuinamente que éramos capaces de cambiar el mundo. Nos vendieron la idea magistral de que, al comprar un computador de colores translúcidos, estábamos liderando la resistencia contra el monopolio gris y aburrido del resto de la industria.

La ironía es poética. Nos hicieron sentir como piratas revolucionarios por el simple acto de comprar un producto de consumo masivo. Hoy ellos son el monopolio supremo, la corporación más gigante de todas, pero nos siguen haciendo sentir que somos la resistencia creativa cada vez que pasamos la tarjeta. Ese es el verdadero superpoder de la manzana.

Gran parte de esta mitología se construyó a la sombra de Steve Jobs, un genio absoluto que funcionaba con su propio campo de distorsión de la realidad. Jobs no solo te vendía tecnología, te vendía estatus y te insultaba en el proceso si era necesario para pulir la experiencia.

Pregúntenle a Chris Martin, el vocalista de Coldplay. En un evento conmemorativo, Martin contó una anécdota que resume a la perfección lo que era lidiar con el fundador de Apple. Un día, el cantante tenía su computador malo y Jobs en persona se ofreció a arreglarle el hardware defectuoso. Y lo hizo. Pero con la misma frialdad con la que presentaba un nuevo dispositivo, le pasó una factura y le cobró 3.000 dólares por el favor. Por si fuera poco, Steve ya le había dicho en la cara que la canción “Yellow” le parecía una basura y que nunca llegarían a nada. Ese era el trato de la época dorada: el jefe te arreglaba la vida digital, destrozaba tu ego, te cobraba una fortuna y tú terminabas dándole las gracias y componiendo la música para sus comerciales.

Esa misma genialidad y arrogancia fue la que parió la era de los productos que cambiaron nuestras vidas para siempre. Incluso cuando fracasaban, estaban inventando el futuro. Un ejemplo claro es el Newton MessagePad, una locura incomprendida de los noventa que se coronó como el primer PDA de la historia y pavimentó el camino para todo lo que vino después. Años más tarde, Jobs se subiría a un escenario con jeans gastados y sus inseparables zapatillas grises, las míticas New Balance 992, para sacar de su bolsillo el primer iPod y poner “mil canciones en tu bolsillo”. Nos voló la cabeza sacando un MacBook Air desde un simple sobre de papel manila, y rediseñó el concepto mismo de la comunicación al presentar el primer iPhone.

El secreto a voces en la industria es que Apple ha sido, es y seguirá siendo la fuente de inspiración absoluta en diseño para todas las marcas de tecnología que existen. Tienen la asombrosa costumbre de llegar tarde, mirar los prototipos torpes de los demás, rediseñarlos por completo y actuar como si ellos hubieran inventado el concepto. Agarran un producto que ya existía, le ponen una interfaz que hasta tu abuela puede dominar en cinco minutos y obligan a toda la competencia a volver corriendo a sus fábricas para intentar copiarles los bordes redondeados y los materiales.

Hoy, la marca nos tiene metidos en una jaula de oro llamada ecosistema. Entras inocentemente comprando un teléfono, luego te das cuenta de que necesitas el reloj para que vibre tu muñeca, después los audífonos blancos, y cuando despiertas, eres un rehén feliz de iCloud. Es un sistema elitista, cerrado y ridículamente caro.

Pero seamos honestos: sigo manteniendo mi acérrima preferencia por la manzana. Esta jaula no solo es bonita, es un búnker. Su sistema operativo, construido sobre una base UNIX, lo convierte en el entorno más robusto de la historia de la informática. Antes muerto que con un dispositivo Android.

Obviamente, todos sabemos que en la red no existe un sistema cien por ciento seguro y todo en esta vida es hackeable. Pero si me van a vulnerar los datos, prefiero que sea dentro de un sistema elegante y no en un entorno caótico de código abierto, como he comentado en mis columnas anteriores.

Salud por estos cincuenta años de vida. Y para el cierre, hay que hacer una reverencia obligatoria a su último gran truco de magia: la arquitectura M. Nos vendieron rapidez y eficiencia energética, pero casi nadie notó que esos procesadores venían listos y en absoluto silencio para correr los motores de Inteligencia Artificial que hoy dominan el mundo. En mi opinión, esa arquitectura es el futuro indiscutido del hardware computacional.

Lograron convencernos de pensar diferente para terminar vistiendo, actuando y comprando exactamente igual a los otros mil millones de usuarios del planeta. Y, para serles franco, nos encanta.

Apple, mis respetos y agradecimientos por estos 35 años de aventuras y locuras juntos.