Columna de Jorge Jaraquemada: Jaime Guzmán, legado y memoria

Por Jorge Jaraquemada

31.03.2026 / 11:41

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Este doble aniversario adquiere hoy una vigencia singular. Chile inicia un nuevo ciclo con un presidente formado en la tradición gremialista y un gobierno al que se incorporan profesionales y dirigentes que, desde distintas generaciones y universidades, reconocen en ese ideario su fuente de inspiración intelectual y política. Es la constatación de que las ideas, cuando están bien fundadas, sobreviven a las coyunturas y encuentran nuevas expresiones en cada momento histórico.


El año 2026 nos enfrenta a una coincidencia cargada de significado: se cumplen 80 años de su nacimiento y 35 de su asesinato, uno de los crímenes ideológicos más abyectos de nuestra historia. Durante décadas su figura ha sido objeto de debate, interpretaciones encontradas y no pocas caricaturas. Sin embargo, el tiempo suele tener un efecto que es escaso en la discusión contingente: ordena las perspectivas y decanta los juicios.

Este doble aniversario adquiere hoy una vigencia singular. Chile inicia un nuevo ciclo con un presidente formado en la tradición gremialista y un gobierno al que se incorporan profesionales y dirigentes que, desde distintas generaciones y universidades, reconocen en ese ideario su fuente de inspiración intelectual y política. Es la constatación de que las ideas, cuando están bien fundadas, sobreviven a las coyunturas y encuentran nuevas expresiones en cada momento histórico.

El gremialismo —surgido en la UC, en 1967, como respuesta a la politización totalizante de la vida universitaria— reivindicó la preeminencia de la persona y la importancia de los cuerpos intermedios frente a la voracidad de un Estado absorbente y una acción partidista que pretendía colonizar todos los ámbitos de la vida social. Desde ahí se fue articulando una visión basada en la responsabilidad personal, la subsidiariedad y el servicio público como vocación.

Jaime Guzmán fue, sin duda, el principal arquitecto de ese proyecto. Pero reducir su influencia a un conjunto de ideas sería insuficiente. Su legado también se expresa en una forma de entender la política con convicciones firmes, sentido institucional, claridad doctrinaria y realismo. En un país donde la discusión suele oscilar entre el voluntarismo ideológico y el pragmatismo sin principios, esa combinación no deja de ser una rareza.

La historia no siempre es generosa con quienes encarnan convicciones profundas. El 1 de abril de 1991 fue brutalmente asesinado por un grupo terrorista que creyó que la violencia podía suprimir no solo a un hombre, sino también las ideas que defendía. Aquel atentado no solo segó la vida de un senador de la República, sino que constituyó un intento deliberado de intimidar a una democracia que apenas comenzaba a consolidarse.

Que el proceso judicial esté pendiente tras 35 años es un agravio que cuestiona la eficacia de las instituciones. La extradición de Galvarino Apablaza, concedida hace más de una década por la justicia argentina, sigue sin concretarse en una dilación injustificable para el Estado de Derecho y la cooperación internacional. Su comparecencia ante los tribunales chilenos es una exigencia jurídica básica, pues nadie puede sustraerse indefinidamente a la acción de la justicia. Ésta no devolverá la vida arrebatada, pero es la única vía para reafirmar que el terrorismo no tiene espacio en nuestra convivencia.

La historia no ofrece reparaciones perfectas, pero nos deja dos lecciones fundamentales. Primero, que las ideas no mueren con quienes las defienden, como prueba la vigencia de su pensamiento en la formación de nuevas generaciones e incluso en el debate público actual. Y segundo, que la violencia jamás logra imponer su relato. En democracia, los proyectos doctrinarios pueden ser debatidos y criticados, pero esas disputas se resuelven con argumentos y no con balas.

Al cumplirse 80 años de su natalicio y 35 de su muerte, la figura de Jaime Guzmán se sitúa nuevamente en el centro de la reflexión nacional. No como un símbolo intocable, ni como objeto de culto, sino como una tradición intelectual que interpela al presente. Las ideas que buscan el bien común no pertenecen solo a una época, atraviesan décadas, sobreviven controversias y cobran fuerza cuando nuevas generaciones las asumen como tarea propia. En ese itinerario, su vida y su sacrificio son, y seguirán siendo, parte de la historia vibrante de Chile.

Jorge Jaraquemada R.

Director ejecutivo

Fundación Jaime Guzmán