La Cuenta Pública constituye una oportunidad dorada para que el Presidente José Antonio Kast presente a la opinión pública su visión y los planes que pretende poner en marcha para cumplir su promesa electoral de recuperar el país tras años de estancamiento.
Aunque ha conseguido avanzar de manera bastante rápida en la tramitación legislativa de su proyecto estrella, el Ejecutivo liderado por Kast no ha podido hasta ahora transmitir una hoja de ruta clara que establezca prioridades, mecanismos y propósitos claros. Al revés, en algunos ámbitos clave, en especial lo que concierne a la seguridad ciudadana, no ha conseguido entregar claridad ni presentar una gestión aceitada, al punto que terminó relevando a la ministra encargada del área.
El hecho de que la otra ministra que salió del gabinete haya sido la vocera de gobierno tiende a ratificar las debilidades comunicacionales de una gestión que, al menos en ese ámbito, no logrado consolidarse.
Por eso, la Cuenta Pública representa una ocasión para alinear un discurso que recupere el sentido de propósito que exhibieron Kast y su equipo durante la campaña presidencial, fijando prioridades y revelando iniciativas que apuntalen ese objetivo.
La manera en que Kast ha concebido el rol de sus asesores directos en el Segundo Piso, la conformación de un gabinete más centrado en las personas y sus capacidades que en el cuoteo político entre partidos, y las señales que ha enviado su gestión hasta el momento, sugieren que Kast está dispuesto a desafiar la noción ampliamente difundida de que para gobernar es necesario construir grandes relatos y estrategias estructurantes. Kast parece concebirse a sí mismo como un director de orquesta que prefiere confiar en la capacidad y destreza de los intérpretes que ha escogido y recela de los diseños omniabarcantes que a menudo recomiendan los consultores.
Este estilo supone una apuesta que encierra riesgos y oportunidades, porque depende casi exclusivamente de que exista una gestión eficiente. Puede generar la necesidad de relevos rápidos, como ocurrió con las ministras defenestradas la semana pasada, o significar aciertos contundentes, como el obtenido hasta ahora en la tramitación de la ley miscelánea diseñada en Hacienda e impulsada con destreza desde Interior y la Secretaría General de la Presidencia.
En lugar de relatos grandes y complejos, Kast parece preferir ideas simples y concretas –orden, seguridad, autoridad, recuperación económica– que le faciliten llevar adelante su agenda de gobierno.
Kast puede ser comprendido, en este ámbito al menos, como el anti Gabriel Boric: mientras el exmandatario fue capaz de ordenar su discurso en un gran relato de cambio e ilusión, pero no consiguió traducirlo en obras, el actual pretende avanzar hacia la adopción de medidas eficientes que funcionen en la práctica sin necesidad de adornos retóricos ni narrativas amplias. Kast parece aspirar a ser la reencarnación del antiguo eslogan alessandrista de 1958: “Hechos y no palabras”.
La Cuenta Pública es una oportunidad única para dejar de manifiesto un mensaje menos ambicioso que el que usaba Boric. Más orientado a medidas y logros concretos basados en conceptos simples que resulten entendibles para la opinión pública y se traduzcan rápidamente en mejoras en la calidad de vida de la población en áreas sensibles, como la seguridad ciudadana y la economía.
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