Vivimos en una época en la que las palabras vuelan y muchas veces las emociones dominan el discurso.
Desde redes sociales hasta conversaciones cotidianas parece que el insulto se ha convertido en la primera respuesta ante el desacuerdo o la carga ideológica.
Responder con insultos a los insultos es fácil, es casi un reflejo condicionado que nos parece justificar como defensa ante un ataque verbal.
Pero ¿qué logramos realmente con esto? Más allá de una satisfacción momentánea, el resultado suele ser una escalada de tensiones que complica aún más las relaciones, sea con desconocidos en internet, compañeros de trabajo o vecinos territoriales.
Al final, ambas partes quedan heridas y alejadas de cualquier entendimiento.
En un mundo donde la polarización y el enfrentamiento parecen dominar, no responder con insultos es un pequeño pero poderoso acto de resistencia contra la cultura de la agresión.
El insulto por su naturaleza busca dividir y generar daño. No responder con otro insulto es optar por la empatía y la posibilidad de entendimiento. Es una elección que cierto, es difícil. Habla, sin embargo, de la mejor versión de quienes somos y de quienes queremos ser.
No se trata de poner la otra mejilla, sino de poner cabeza cuando solo abundan los gritos.
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