Mónica Rincón: “Incluir no es un favor, es un deber; las personas con discapacidad no son sujetos de caridad, sino de derechos”

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Hay cosas que damos por garantizadas y otros no pueden. Explico con dos ejemplos que son el dolor de muchos.

Ir a un baño público… Fácil, ¿no? Un poco más complejo con guagua, pero en general ya los baños —no siempre los de hombres— de mujeres están preparados. Pero ¿y si tienes discapacidad? ¿Y si tu cuerpo no responde? Ese cuerpo que ya creció.

Fue lo que me hizo pensar una mamá que en Instagram contaba cómo tenía que cambiar en el suelo del baño a su hijo porque no había dónde mudarlo. Claro, porque los mudadores son solo para guaguas, no para personas con discapacidad.

Segundo ejemplo: Nunca olvido que hace años un entrevistado del programa Conciencia Inclusiva, desde su silla de ruedas, decía que durante su enseñanza media nunca había tomado más que agua en el colegio.

Jornada completa y no comía lo de la Junaeb porque no tenía cómo ir al baño. Sin adaptaciones, claro, pero también carente de una comunidad en que, a falta de baño adaptado, tuviera personas que lo ayudaran a sentarse en el váter.

¿Qué ganas de salir a pasear va a tener la primera familia? ¿Qué posibilidad de concentrarse, de estudiar, tuvo el segundo joven con la guata vacía y el corazón lleno de pena?

La mamá que conocí en Instagram contaba que había dudado mucho antes de hacer pública su intimidad y, con toda razón, afirmaba que no buscaba lástima, sino empatía y cambios reales.

No incluir también es estar ciego a las necesidades de otros. O mirar para el lado. Una vez más, miremos lo avanzado, pero sobre todo lo que nos queda por hacer. En lo macro y lo micro.

Porque incluir no es un favor, es un deber. Porque las personas con discapacidad no son sujetos de caridad, sino de derechos. Esos mismos que vulneramos.

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