Esta semana hubo una fuerte polémica por frases de la ministra del Interior, Carolina Tohá, comparando homicidios en dos momentos: durante la semana pasada y lo que es el estándar típico de un fin de semana. Señalando que los 25 homicidios desde el lunes pasado eran equivalentes a los asesinatos de cualquier fin de semana.
Cuando los números en dos o más momentos coinciden, hay una rápida tentación en considerarlo algo standard. Nada muy inusual.
Pero lo que tiene sentido si comparamos duelos clásicos del fútbol, o alzas y bajas en el mercado bursatil, en la realidad cotidiana -cuando se trata de asesinatos de personas- hay que entender que estamos hablando de algo que no tiene repuesto, la vida humana con nombre y apellido. Por lo que la asociación de números y porcentajes que calzan, cuando se trata de muertes violentas, deben verse desde la preocupación, la empatía y la tragedia, no solamente desde los porcentajes y las coincidencias de fecha.
Entiendo que la ministra no intentó relativizar la importancia de los crímenes, pero en ambientes muy nerviosos -y estos lo son- convendría revisar cómo se contará a la ciudadanía lo que pasa.
Las palabras pueden en ocasiones crear realidad. Y cuando su significado no es meridianamente claro, arriesga hacerse confuso, porque hay que salir más tarde a explicar las propias palabras. Lo que en ambientes tensos, y más aún si hablamos de personas irreemplazables, eso puede contribuir -incluso sin quererlo- a transmitir una imagen de normalidad, a partir de cifras de homicidios.
Cifras que, por definición, sean altas o bajas, en una democracia, se debieran catalogar siempre como una brutalidad inaceptable.
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