Fernando Karadima fue expulsado hoy del sacerdocio. Hoy, 30 años después de que la Iglesia Católica recibiera las primeras denuncias sobre sus abusos. 30 años de encubrimiento y tráfico de influencias en los niveles más altos de la jerarquía chilena.
Es que era demasiado el poder que protegía a Karadima. Obispos serviles hacia él en puestos clave de la curia, un cardenal Errázuriz que dijo que no creyó las denuncias porque Karadima tenía fama de santo, y un arzobispo Ezzati que hoy sigue, inexplicablemente, en su cargo.
Años en que el Estado de Chile mostró total impotencia para proteger a las víctimas y hacer justicia. Años en que el entonces Fiscal Nacional aceptó recibir a uno de los empresarios más poderosos del país, Eliodoro Matte, para que él intercediera en favor de Karadima, en una investigación que terminó sin condena por la prescripción de los delitos.
Es que Karadima tejió redes en todo el mundo del poder, no solo en la Iglesia Católica, desde su posición de pinochetista; militares y empresarios incómodos con la defensa de la Iglesia Católica a los Derechos Humanos encontraron en él al confesor y el líder espiritual comprensivo que necesitaban.
Karadima fue el arquetipo del abusador. Sus días de abuso de poder, terror psicológico y depredación sexual han terminado. Lo que aún es tarea pendiente es desmontar los aparatos de impunidad que siguen operando en la Iglesia Católica, pero también en las demás instituciones del poder para que nunca más un abusador serial tenga la impunidad de la que este sujeto gozó.
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