Crónica de una repostulación anunciada. Fue la historia con tantos, como Ortega en Nicaragua o Hernández en Honduras. Ahora repite el libreto Nayib Bukele en El Salvador.
En mayo, la Asamblea Legislativa destituyó a los magistrados de la Sala constitucional de la Suprema y nombró a cinco que reinterpretaron la constitución y anunciaron que Bukele podrá repostular a la presidencia si así lo decide.
Ya no son cinco años el límite de la presidencia, sino que 10. Uno podría aventurar que, cuando se cumplan esos 10, irán a las elecciones dentro de otra reinterpretación.
Lenta e imperceptible, la erosión de la democracia avanza vía leyes que aprueba una asamblea donde, tras cuestionadas elecciones, el oficialismo tiene mayoría; la necesaria para aprobar restricciones a las libertades civiles usando la pandemia como excusa, en un clásico método que hemos visto en Bielorrusia con Lukashenko y en Filipinas con Duterte, aprobando leyes que le permitieron en el Salvador destituir a un tercio de los magistrados. Lo que entorpece, fuera.
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Incipientes en septiembre se dieron las primeras protestas en contra de su mandato. Nada que aún le preocupe. Se trata de un presidente que mezcla autoritarismo, eficiencia en gestión pública -en pandemia, por ejemplo-, gran baja de la delincuencia y un recién estrenado conservadurismo valórico.
Así, el mandatario sigue contando con una popularidad de más del 70%. Sus índices gozan de excelente salud; los de la democracia salvadoreña, no tanto.
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