Alfredo Joignant analiza las razones del retroceso de la izquierda: “Son de fondo y no de coyuntura”

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Hace pocos días atrás, en un foro progresista en Montevideo, el expresidente Gabriel Boric reivindicó orgullosamente a la izquierda y sus causas, una necesaria defensa de esta identidad política e ideológica en tiempos de franco retroceso.

A renglón seguido, y sin mucha explicación, el expresidente sostuvo que “en Chile pasa mucho una suerte de discusión permanente de la aritmética de la política. Como crece la derecha, lo que deberíamos hacer es moderarnos para ganar el centro. Esa idea del fanatismo por la moderación, al final, no lleva a ninguna parte”.

La frase es brutal, porque pasa por alto lo esencial.

En primer lugar, un dato de encuesta. En un reciente estudio de opinión que fue patrocinado por la Fundación Ebert y cuyos datos fueron levantados en dos momentos distintos, antes y después de la primera y de la segunda vuelta, se muestra con claridad el inquietante achicamiento del volumen de personas que se ubican en el eje derecha-izquierda. Si la derecha alcanza en esta metodología el 39,8%, la izquierda se ubica 16 puntos por detrás, mientras el centro alcanza el 18,8% y los no posicionados el 18%. Estos datos, con todas las limitaciones de la metodología, refrendan lo que observamos en distintas partes del mundo: la izquierda se está achicando.

Allí donde Boric se equivoca es en las razones del empequeñecimiento; el que no se explica por excesos de moderación política: eso es un simplismo. Las razones son de fondo y no de coyuntura: modificación de la estructura de clases, problemas de adaptación a las transformaciones del capitalismo, mutaciones del trabajo, desconexión con los nuevos electores del voto obligatorio y un largo etcétera. Y aún falta el efecto de la inteligencia artificial, un ecosistema en el que las derechas se encuentran mucho más cómodas.

Son tan complejas las razones que reducirlas a un juicio político sin fundamento empírico prefigura un agravamiento del problema, el que se observa en todas partes. Lo grave es que un expresidente asuma el reduccionismo, sobre todo cuando se le adjetiva con alevosía.

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