Invertir en educación parvularia no es únicamente una decisión educativa. Es, en efecto, una estrategia de prevención social.
Cada vez que ocurre un hecho de violencia escolar, volvemos, inevitablemente, a la misma pregunta de fondo: ¿cómo sería la historia si ese niño o niña hubiese tenido, desde sus primeros años, oportunidades reales para desarrollar habilidades socioemocionales? ¿Qué habría pasado si su familia hubiese contado con apoyo oportuno para fortalecer su rol en la crianza? Esto no es solo un ejercicio hipotético, es la constatación de una realidad que muchas veces incomoda: al parecer, el sistema llega tarde.
En las últimas semanas, la violencia en comunidades educativas ha vuelto a instalarse en el debate público. Distintos estudios y organizaciones, entre ellas la iniciativa Pacto Niñez, han advertido que este fenómeno no es aislado. Más bien, da cuenta de un deterioro más amplio en el bienestar de niños, niñas y adolescentes, que se expresa tanto en la convivencia como en la salud mental, con síntomas asociados a la soledad, la baja autoestima y la falta de propósito, entre otros. Esto no es coincidencia: según el informe Estado Mundial de la Infancia 2021 de UNICEF, muchos de estos problemas comienzan a manifestarse tempranamente, antes de la adolescencia, lo que refuerza la importancia de intervenir oportunamente.
Si miramos ese problema con más perspectiva, aparece algo evidente: buena parte de estas trayectorias se empieza a configurar mucho antes de la educación escolar. Ahí es donde la educación parvularia cumple un rol que todavía no terminamos de dimensionar. No solo por su aporte al desarrollo cognitivo, sino que también por su impacto en habilidades como la empatía, la autorregulación o la resolución de conflictos, entre otros.
Además, es uno de los pocos espacios que permite trabajar directamente con las familias. Acompañar los entornos de crianza desde temprano, fortalecer habilidades parentales, abrir conversaciones que muchas veces no ocurren en otros lugares es crucial, sobre todo considerando que muchas expresiones de violencia tienen raíces fuera del aula.
Por ello, desde la Red Educación Inicial 2030, creemos que enfrentar la crisis de convivencia y salud mental en las comunidades educativas exige algo más que respuestas reactivas. Supone, necesariamente, tomarse en serio la prevención. Esto implica fortalecer la educación parvularia, pero también avanzar hacia una distribución más equitativa de los recursos desde los primeros años.
En ese sentido, según el Primer Índice de Valoración Social de la Educación Parvularia en Chile, elaborado por Educación Inicial 2030, Elige Educar y el CIAE de la Universidad de Chile, más del 80% de las personas considera fundamental la educación inicial a partir de los 3 años. Sin embargo, los jardines que atienden a estudiantes de contextos vulnerables reciben un aporte estatal que ronda el 40% menos respecto a jardines administrados directamente por Junji, siendo una población similar de atención en su composición socioeconómica. La brecha, entonces, no es solo de percepción, sino también de política pública.
Entonces, invertir en educación parvularia no es únicamente una decisión educativa. Es, en efecto, una estrategia de prevención social.
Ernesto Treviño es académico de la Universidad Católica, y José Jaramillo es parte de la Fundación Choshuenco. Ambos escriben en representación de la Red Educación Inicial 2030.