Por Alejandra Arratia

Las personas somos seres sociales. Aprendemos a través del ejemplo y la experiencia del encuentro con otros, lo que ha sido ampliamente desarrollado desde la teoría del aprendizaje social de Bandura. Sin embargo, muchas veces no somos conscientes de cómo la educación y la construcción de ciudadanía están marcadas por la experiencia de sociedad que ofrecemos a las nuevas generaciones.

A la luz de esta conciencia, resulta importante hacer una pausa en el arduo debate de contenidos, artículos, indicaciones y votaciones de la Convención Constitucional, para reflexionar sobre qué estamos aprendiendo como sociedad en este proceso de construcción de lo común. En primer lugar, e incluso desde antes que comenzara el proceso, aprendimos la importancia de dar salida institucional a una crisis social y política que surge desde la ciudadanía.

Sabemos que la crisis de nuestro país no surge en octubre de 2019. La deslegitimación de las instituciones, el debilitamiento de la democracia y de nuestra capacidad para dialogar frente a los desafíos que enfrentamos, son sólo algunas de sus manifestaciones. Fueron las y los jóvenes, una vez más, quienes nos interpelaron acerca de la urgencia de un cambio profundo, que se hiciera cargo de las heridas que ha generado la forma en que hemos construido nuestra sociedad.

En segundo lugar, la conformación de la Convención, elegida democráticamente, paritaria y con escaños reservados para los pueblos indígenas: Por primera vez en la historia, un país se compromete con una conformación de estas características para una definición tan fundante como la constitucional. Este reconocimiento a la diversidad que compone nuestro país es un factor que, creo, no hemos valorado adecuadamente.

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¿Hemos pensado, por ejemplo, en el potente mensaje que este proceso entrega a niños, niñas y jóvenes, en el que distintas facciones de la sociedad se ven representadas? ¿Cómo impacta las creencias de las niñas un espacio de deliberación política donde las mujeres están igualmente representadas que los hombres?

En tercer lugar, la transparencia del proceso, y el esfuerzo de las distintas facciones por alcanzar acuerdos, es otro aprendizaje importante. Nuevamente, somos poco conscientes de las implicancias de esto. Hay quienes incluso cuestionan el tiempo dedicado a la definición de las normas, pero es, precisamente, ese proceso de diálogo y negociación de cara a la ciudadanía el que ha permitido encauzar esta tarea de gran envergadura.

Como plantea Voermans en la entrevista realizada por la periodista Paula Escobar para La Tercera: Hacer una Constitución es complicado, es desordenado, y eso no está mal, es parte de todo proceso constitucional, según indica la evidencia comparada. Por esto, es muy valioso que el proceso tenga normas claras y sea transparente, ya que permite dar cuenta en la plaza pública del trabajo de la convención. Sin embargo, esto requiere la capacidad de suspender el juicio, y entender que estamos frente a un proceso con muchas iteraciones, el que
por esencia tendrá desafíos y encontrará divergencias en el camino.

Vivimos el proceso desde la etapa de lluvia de ideas, y nos cuesta precisamente porque no estamos acostumbrados a ser testigos de esta fase. Si pensamos en una obra de
arte, o una pieza musical, estamos acostumbrados a conocer la pieza final, la mejor versión, pero sabemos que eso tiene muchos borradores, versiones que se ensayan y se mejoran una y otra vez. Vivir un proceso así de transparente requiere entenderlo de ese modo, valorar la apertura y respetar los procesos de construcción colectiva, que requieren diverger para luego converger.

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En cuarto lugar, el proceso comenzó, en lo relacional, desde el reconocimiento de quiénes son las personas que llegaron a este espacio, sus historias, motivaciones para estar allí y visiones respecto al país que queremos construir. Ésta es una señal muy potente, pues implica reconocer que nos configuramos, individual y colectivamente, desde nuestras historias y particulares miradas, incorporando por cierto los elementos racionales y cognitivos, pero también los socioemocionales y vinculares. Es así como enfrentamos el desafío de construir lo común, reconociendo nuestras diferencias, pero pensando también en aquello que nos une.

Esta es una importante señal para mirarnos desde un punto de vista más integral, aunque por cierto genere tensiones, naturales conflictos y dificultades. Nos ha costado vivir un proceso así, pues implica reaprender muchas cosas y eso siempre nos saca de la zona de confort, pero encierra una gran oportunidad para aprender a mirarnos más humanamente, con nuestras diversidades y construir en base a ellas, y no a pesar de ellas.

En quinto lugar, la configuración de siete comisiones temáticas, de modo de permitir espacio para profundizar en el análisis de los temas en paralelo a la organización de espacios inéditos de participación ciudadana y audiencias públicas, a través de una plataforma abierta a toda la ciudadanía. Hay más de 800 organizaciones sociales y territoriales que participaron en las audiencias organizadas por las comisiones. La señal es que este es un proceso participativo en el que distintas miradas son escuchadas.

Por supuesto esto no es fácil, genera más “desorden”, demora e inevitablemente origina tensiones, pues no todas las propuestas pueden ser acogidas, y algunas pueden ser incluso contradictorias. Pero el aprendizaje es que, para avanzar en un nuevo pacto social, uno que nos represente a todos y todas en alguna medida, la participación ciudadana es imprescindible.

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En las comisiones se genera diálogo, se delibera y se vota. Muchas veces, en alguna medida, es caótico, pero -como nos recuerda Voermans- esto es parte intrínseca del proceso, y ese también es un aprendizaje importante: Que el desorden es parte de la creación y construcción colectiva, y que el diálogo es imprescindible para llegar a acuerdos cuando tenemos visiones distintas. No hay atajos, es la única forma democrática de ponernos de acuerdo.

En sexto lugar, los acuerdos de las comisiones, que requieren mayoría simple, pasan como propuestas al pleno, donde hay procedimientos que exigen altos niveles de apoyo. Lo que hemos visto es que el pleno, efectivamente, ha cumplido su rol: Se han rechazado propuestas que no lograron obtener los consensos suficientes, las que vuelven a la comisión respectiva, donde hay un nuevo paso para mejorarlas y buscar los acuerdos necesarios. Aquellas propuestas que se han aprobado en el pleno lo han hecho con bastantes más votos de los dos tercios que
exige el reglamento.

Podrán ser compartidas o no por distintas personas, pero es un hecho que se han construido de modo democrático, y ese es un aprendizaje insoslayable. Lo que estamos viendo en la Convención es parte del proceso de llegar a acuerdos democráticos, pero que no estamos acostumbrados a presenciar de modo tan transparente y participativo. Quizás, el desafío por nuestra parte esté en salir de nuestra zona de confort, y aprender del valor del “desorden” organizado, propio de los procesos históricos y participativos de construir una nueva Constitución, uno en el que realmente caben todas las voces, y en el que somos testigos de inicio a fin de cada una de sus partes. Sin dudas esto puede resultar incómodo a algunos, pero es, precisamente, en esa incomodidad donde podemos encontrar aprendizajes ciudadanos que nos permitan dar un salto hacia la construcción de lo común, desde el diálogo y el encuentro colectivo de las diversas miradas.

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