Nos convencieron de que mientras más "Smart" sea nuestra casa, más fácil será nuestra vida. Pero la realidad es que pasamos de ser los amos de nuestro hogar a ser los administradores de sistemas de nuestra propia cocina.
Ya cruzamos la quincena de marzo de 2026. A estas alturas del partido, el chileno promedio ya agotó su paciencia anual lidiando con el taco, las reuniones por Zoom que pudieron ser un mail y el internet de la casa que se cae justo cuando vas a mandar un archivo pesado. Pero, por si el estrés no fuera suficiente, la industria tecnológica decidió que nuestro lugar seguro, nuestra casa, también debía ser “inteligente”.
Y ahí vamos nosotros, víctimas del marketing de Silicon Valley, a endeudarnos en 24 cuotas precio contado para convertir nuestro humilde hogar en la nave Enterprise.
Compramos ampolletas que cambian de color con la voz, cerraduras biométricas y refrigeradores de un millón y medio de pesos que traen una pantalla gigante en la puerta para… bueno, para ver YouTube mientras sacas la mantequilla, supongo. Nos vendieron la utopía del Smart Home, pero nos entregaron un rehén digital.
El problema de rodearte de electrodomésticos con complejo de Einstein es que dependes de un servidor al otro lado del mundo. ¿Qué pasa cuando la empresa gringa que fabricó tu enchufe inteligente quiebra, o decide apagar sus servidores porque ya no le es rentable? Te lo digo yo: tu enchufe pasa a ser un pedazo de plástico inútil. Te lo dejaron “tonto” por control remoto.
Es la tiranía del firmware. Llegas a tu casa después de un día terrible, quieres meterte a la ducha, pero la lavadora inteligente se niega a centrifugar porque le falta una actualización de software y, oh sorpresa, tu compañía de internet tiene una “incidencia masiva” en el sector. Tu ropa está de rehén porque la lavadora no puede comunicarse con la nube.
Ahí es cuando uno mira al cielo y le pide perdón a la vieja y confiable juguera Oster de la abuela. Esa que tenía un motor verde, botones análogos que requerían fuerza bruta y que cuando la encendías sonaba como un helicóptero despegando en Vietnam. Esa máquina infernal no te pedía aceptar Términos y Condiciones para hacerte un jugo de plátano. Llevaba 40 años funcionando sin chistar, sobreviviendo a terremotos, cortes de luz y cambios de mando.
Hoy, en cambio, intentas tostar un pan y el tostador IoT te arroja un “Error 404: Pan no compatible”.
Nos convencieron de que mientras más “Smart” sea nuestra casa, más fácil será nuestra vida. Pero la realidad es que pasamos de ser los amos de nuestro hogar a ser los administradores de sistemas de nuestra propia cocina. Pasamos el fin de semana reiniciando routers para que el parlante nos entienda que queremos apagar la luz del pasillo.
No me malinterpreten, amo la tecnología. Pero exijo que mis cosas funcionen cuando el Wifi decide tomarse el día libre. De hecho, lanzo el guante aquí mismo: si existe alguna marca de electrodomésticos allá afuera que jure de guata que su refrigerador, microondas, lavadora o secadora de última generación no me va a dejar los hielos secuestrados si se cae la red, mi cocina está abierta para el testeo. Mándenme uno. Probémoslo en la cancha, con cortes de luz reales y un Súper Lunes chileno, a ver si es tan “Smart” como dice el manual.
Mientras tanto, seguiré guardando mis llaves de metal tradicionales en el bolsillo. Porque cuando la rebelión de las máquinas finalmente ocurra, no quiero quedarme afuera de mi propia casa solo porque mi cerradura biométrica decidió que no reconoce mi cara desfigurada de cansancio a las 8 de la noche.