Napoleón mencionó una frase que se convertiría más tarde en un mandamiento para la discusión política. Dijo: “Nunca interrumpas a tu adversario cuando está cometiendo un error“.
No importaba si lo que decía el adversario era correcto o equivocado, lo que había que hacer era quedarse callado si lo que decía el adversario lo perjudicaba.
El presidente Gabriel Boric habló duro sobre lo que está ocurriendo en Israel y la franja de Gaza. Criticó el ataque de Hamás y la respuesta de Israel.
El embajador israelí hizo una declaración pública, criticando las palabras del mandatario chileno.
Desoyendo el mandato napoleónico, el senador de la UDI, Iván Moreira, salió en defensa del presidente Boric y señaló que la forma de comunicarse del embajador era a través del Ministerio de Relaciones Exteriores y no imprecándolo por los medios.
Políticamente, quizás muchos pensaron en la derecha que había que hacer lo dicho por Napoleón: “deja que el presidente se complique en frases duras contra otro país, nos conviene que le peguen también desde afuera“.
El senador Moreira, adversario político del presidente, optó no por lo clásico, sino por lo escaso: la decencia cívica. Esto es, no quedarse callado para no interrumpir la crítica del embajador contra un adversario de él, sino hacerle ver el error de procedimiento, como si el embajador le hubiera hablado, no al presidente Boric, sino a una autoridad de su propio partido o su propia coalición.
Decencia cívica, lo primero que escasea cuando la tendencia al “todo vale” se apodera de la política.
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