Brasil se asoma al abismo. Un admirador de dictadores, entusiasta de la tortura y los asesinatos extrajudiciales, promotor del odio y el desprecio a homosexuales, mujeres y minorías, está a punto de ser elegido Presidente.
Si gana, Jair Bolsonaro será el legítimo mandatario. Pero la democracia no sólo se trata de que el tiene más votos gobierna; se trata crucialmente del respeto a las libertades y los derechos de esas minorías que, según Bolsonaro, deben “inclinarse ante las mayorías”.
El libreto de un presidente electo que asfixia la democracia desde el poder se ha repetido como un efecto dominó en Venezuela, Nicaragua, Turquía, Hungría y hoy amenaza incluso a democracias tan consolidadas como Italia y Estados Unidos.
En el caso de Brasil, gran parte de la culpa la tiene la élite política y económica que se embarcó en un gigantesco mecanismo de corrupción. Y en especial la izquierda del Partido de los Trabajadores, que corrompió el país y luego se hundió en la porfía de mantener como candidato al condenado y encarcelado ex presidente Lula.
Con una ceguera increíble, buena parte de la izquierda latinoamericana se sumó a la campaña perdida de Lula, impidiendo que surgieran nuevos liderazgos y convirtiendo torpemente esta elección en un plebiscito sobre la corrupción, entre un ex presidente encarcelado y un aspirante a autócrata.
Pero no nos engañemos; ni la corrupción es patrimonio de la izquierda, ni el autoritarismo lo es de la derecha. Sabemos por experiencia en América Latina que ambas aparecen en todo el espectro político, y que ambas, a la corta o a la larga, terminan destruyendo la democracia.
Y eso debería motivar a la reflexión en Chile. De nuestros dirigentes de izquierda que minimizan la corrupción del PT; de nuestros dirigentes de derecha que aplauden el triunfo de Bolsonaro; y de quienes hoy sacan cuentas alegres por la subida de las acciones de empresas chilenas en Brasil, sin entender que horadan la legitimidad democrática que protege sus propias posiciones.
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