Es cierto, como dijo el presidente Emmanuel Macron, que lo que ocurre en al Amazonas con los incendios que arrasan esta zona es una crisis mundial. Que su desaparición es la desaparición de miles de especies animales y vegetales y el fin de comunidades indígenas. Que sin esa selva se dejarían de absorber miles de toneladas de gases que provocan el efecto invernadero.
El riesgo para una zona clave en la producción de agua dulce y depositara de 1/4 del carbono del planeta, es riesgoso para todos.
Y por eso todos tenemos derecho de participar en este debate, pero no sin mirarnos a nosotros mismo y a la realidad de nuestro países que, en el caso de Chile, deja mucho que desear.
Especialmente grave es la existencia de zonas de sacrificio. Ayer se cumplió un año de la penúltima crisis de Quintero, y digo penúltima porque uno adivina que ya vendrá otra.
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Porque hemos naturalizado el concepto de zonas de sacrificio y eso quiere decir que aceptamos tácitamente que en esas zonas el desarrollo no es sustentable. Que para esos chilenos la Constitución no rige respecto de garantizar el derecho a vivir en un medio ambiente libre de contaminación.
Tenemos muchos patios traseros en Chile, tenemos nuestros pequeños Amazonas, si entendemos la crisis en Brasil como llamados de atención de Estados que se quedan cortos en proteger un futuro limpio en pos de un presente productivo.
Y así no se puede vivir. No por mucho tiempo.
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