Sabrina Carpenter deslumbró a Chile y convirtió Lollapalooza en su propio concierto

Por Camila Morandé

14.03.2026 / 00:25

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Nadie lo hizo como Sabrina Carpenter en Lollapalooza Chile 2026. La estrella pop de 26 años no escatimó en detalles y convirtió su paso por el festival en un espectáculo tan preciso y deslumbrante que, por momentos, hizo que su paso por el festival se sintiera como una fecha exclusiva de su propia gira.


Sabrina Carpenter debutó en Chile como uno de los números más esperados de la primera jornada de Lollapalooza 2026, y lo hizo con un show que entendió muy bien algo esencial del pop actual. Y es ya no basta con encadenar hits, también hay que convertirlos en una puesta en escena con identidad propia.

Desde las primeras horas de apertura ya se notaba quién era la artista más esperada de la noche inaugural. Entre fans vistiéndoosla de pie a cabeza réplicas los outfits que luce en sus conciertos, botas blancas altas, poleras con su rostro y letras de sus canciones, drag queens y cientos de asistentes luciendo tatuajes temporales de ese ya característico beso rojo estampado en distintas zonas de la piel, el Parque O’Higgins empezó a llenarse temprano de guiños a la estrella.

Antes de que saliera al escenario, Sabrina ya estaba en todas partes. Y ella no decepcionó.

En el horario prime del Cenco Malls Stage, la estadounidense presentó un espectáculo calculado al detalle, coqueto, teatral y diseñado para que cada canción pareciera parte de una misma fantasía visual.

Desde el arranque con Busy Woman, Carpenter dejó claro que no venía a hacer un show de festival adaptado a las limitaciones, sino a instalar su universo completo en Santiago. El escenario, de estructuras blancas, pasarelas curvas, escaleras y niveles, remitía a una especie de departamento de fantasía o set televisivo retro (mismo incluido en las imágenes en pantalla), muy en línea con la estética elegante, kitsch y altamente femenina que ha ido consolidando en esta etapa.

La iluminación, de tintes rosados y violetas, las pantallas con marcos que parecían ventanas o clósets iluminados, y la presencia constante de bailarines y cambios de dinámica ayudaron a que el concierto tuviera continuidad escénica. Carpenter primero apareció con un body verde brillante, de acabado reluciente, acompañado por medias translúcidas y botas blancas altas, una mezcla entre showgirl, muñeca pop y estrella televisiva de otra era.

 

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Más adelante, tras una pausa coreográfica que sirvió para distraer con cuatro parejas de bailarines mientras ella se cambiaba de ropa, volvió con un segundo vestuario en tonos lila, con flecos y brillos. Nada parecía improvisado, pero tampoco frío: el espectáculo estaba ensayado al milímetro, sí, aunque suficiente carisma había para que no se sintiera mecánico.

Musicalmente, el show se movió con soltura entre sensualidad, humor y una ligereza muy bien administrada. Taste, Good Graces y Slim Pickins ayudaron a instalar rápido ese tono entre pícaro y filoso que Sabrina maneja tan bien, mientras Manchild siguió reforzando una presentación que apostó por sostener el encanto y no buscar grandes sobresaltos. En Coincidence, en tanto, uno de los integrantes de su equipo se sentó en el borde del escenario con una guitarra acústica, dándole al momento una cercanía distinta.

Poco después llegó uno de los puntos que más va a quedar asociados a esta noche. Never Getting Laid, interpretada por primera vez en vivo, en una de esas decisiones que hacen que una fecha de festival se sienta menos como escala y más como acontecimiento. La misma Carpenter adelantó que quería traerle “algo especial” al público chileno. Y minutos después llegó because i like a boy, una de las canciones más personales de su catálogo, que cerró con fuegos artificiales.

La sección que incluyó House Tour, Tears, Feather y Bed Chem volvió a empujar el concierto hacia ese territorio donde Sabrina Carpenter se siente especialmente cómoda: el de una artista que maneja el doble sentido sin pedir disculpas y que convierte la coquetería en un modo de comunicar en el escenario,

Juno, por supuesto, concentró otra de las escenas más comentadas de la noche. Ahí volvió a aparecer ese componente de performance que ya es casi marca registrada dentro del show. La broma sexual con remate icónico. Y esta vez con la “arrestada” de turno siendo horsegiirL y una pose que jugó con la imagen de una pistola que mostró la bandera de Chile. Bajo la repetición constante de “no poder esperar}” a volver al país otra vez, la estrella del pop construyó un mundo, entro en él y logró que el público nacional entrara también.

En la recta final, Please Please Please, Don’t Smile y Espresso terminaron por confirmar que ya tiene un repertorio capaz de sostener una multitud, incluso entre público que quizá no conoce cada canción de memoria y no tiene el inglés como lenguaje materno. A esa altura, el show ya había dejado de ser solo el debut chileno de una artista en ascenso para empezar a parecer la presentación de alguien que entiende exactamente el lugar que ocupa hoy en el pop masivo.

Y este último punto también tiene algo de reivindicación. No la de una artista que apareció de la nada, sino la de alguien que llevaba años trabajando duro, desde sus días en Disney con Girl Meets World y sus primeros discos bajo Hollywood Records, mucho antes de que Espresso terminara de dispararla al centro del pop global. Incluso cuando pasó por Latinoamérica como telonera del Eras Tour de Taylor Swift, ya se intuía que había ahí una figura mucho más grande en formación.

Por eso este momento se lee como una reivindicación. Y es que, en una industria que suele obsesionarse con los éxitos inmediatos, Sabrina Carpenter demostró que también hay espacio para las carreras construidas con paciencia. Y anoche, sobre ese escenario, dio la impresión de estar ocupando por fin el espacio que siempre le correspondió.