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Once contra once. Cancha pareja. En esas condiciones el talento y el esfuerzo es lo que prima y las jugadoras de la selección femenina de fútbol así lo demostraron. Clasificaron para un mundial y ganaron repechaje para los juegos olímpicos.

Ocurre en este país por siglos tan endogámico, donde muchas veces el peso de los contactos o lazos familiares desequilibra la balanza de los talentos, donde si el mundo es un pañuelo, Chile es aún (como dijo Óscar Contardo) 4 manzanas, 5 colegios y 20 familias.

Y ahí La Roja, esta Roja destaca.  Porque en la cancha el triunfo depende de cada uno y no de sus vínculos o cuna. Es mérito que se basa en saber aprovechar condiciones naturales, pero a punta de esfuerzo y perseverancia.

Perseverancia que fue más que necesaria porque la selección femenina de fútbol, claramente nunca ha contado ni con el décimo del apoyo que la masculina. “He dejado muchas cosas por el fútbol, el fútbol no nos da nada a nosotras”, reclamó Carla Guerrero y con razón.

Pero ellas llenaron estadios, fueron éxito de sintonía, ¿y por qué? Sólo porque jugaron buen fútbol, un deporte que (ellas lo dejaron más que claro) hace rato ya no es sólo de hombres.

Ni sus nexos familiares, ni sus vidas privadas. Ellas sólo se destacaron por apostar por este equipo, cuando nadie lo hacía. Porque hoy el triunfo lo sentimos propio, pero fueron pocos los que creyeron antes del éxito en lo que ellas ya habían construido por años.
 

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